Cuando leí el Evangelio, hace años, sabiendo que era verdad, comprendí que había frases que no podían haber nacido solo de un ser humano.
Parecían conocer todo el corazón:
«No juzguéis y no seréis juzgados.
Perdonad y seréis perdonados.
Porque con la misma medida con que midáis, se os medirá.»
«El que quiera ser el primero, que sea el servidor de todos.»
Y así, una tras otra.


