Si Dios existe, no es mediocre.
Salvará al final a todas las personas.
Asumirá, no la culpa, sino la responsabilidad de que todo era inevitable.
Su justicia lo aclarará todo: no habrá mentira ni nada quedará oculto.
Pero su justicia se basará en el máximo don: el perdón.
También el diablo se salvará; en este mundo es el único que no puede levantarse; desde el comienzo de su caída ha sido así. Dios lo ha utilizado para su plan y tampoco pudo evitarlo.
Por mediación del don, todas las personas quedaremos igualadas en dignidad y en bondad.
Al final será como un proceso de terapia basado en comprensión de la verdad.
Todo tuvo su causa: nadie fuimos capaces -y en consecuencia verdaderamente libres- de haber actuado de otra manera.
Toda carencia, todo dolor y toda incapacidad para el bien que haya existido en este mundo serán restaurados por la gracia, y el gozo de todas las personas no tendrá límite.
Él lo sostendrá todo poniéndose abajo, por eso le glorificaremos.
Estas afirmaciones, y la realidad que anuncian, son insoportables para el superyó humano, que no alcanza a comprender un amor así y no puede evitar condenar y caer en la desesperanza.
Jesús ya lo advirtió: ahora no podemos comprenderlo todo, pero el Espíritu Santo nos irá llevando hacia la verdad completa.
La salvación no consistirá en que unas personas sean salvadas y otros condenadas, sino en que, al final, experimentemos que Dios no deja a nadie fuera de su amor y que fue necesario vivirlo todo para alcanzar el gozo eterno.


