A lo largo de mi vida he entrevistado a varias personas con un patrón similar.
Acababan de jubilarse tras haber sido extremadamente trabajadoras. No tuvieron muchas de sus vacaciones, lo dieron todo por sus empresas. Al llegar ese nuevo tiempo, aparecía un vacío difícil de llenar.
Con frecuencia hablaban con orgullo de ese exceso de trabajo. Pero en el fondo había carencias afectivas que les llevaron a convertir la empresa en una especie de familia. Y esa “familia”, en realidad, permitió ese desequilibrio.
Parte del proceso consistía en ayudarles a situarse en el presente y desmontar la idealización del pasado. Porque si una empresa hubiera sido verdaderamente una familia, no habría permitido que alguien renunciara a su descanso y a parte de su vida. Además de su vida personal, su familia actual tampoco fue atendida en este modelo.
La identificación con la obligación era tan fuerte que, incluso en consulta, intentaban convencerme de que ese estilo de vida era el correcto.
En una conferencia de un periodista escuché una idea clave al hablar del superyó rígido o hiperexigente:
«en el edificio de los valores, la obligación no habita el piso más alto, las cosas no deberían hacerse por obligación, sino por amor o servicio·».
Curiosamente, las parejas solían entenderlo con rapidez, lo que facilitaba una alianza terapéutica: redirigir esa capacidad de entrega, tan grande, hacia uno mismo y hacia su familia, a los que fue tan difícil de atender.
Difícil por lo que llena y la servidumbre que da el trabajar en exceso, en una época -hace décadas- donde el deber y el bien estaban tan identificados, sobre todo para la buena gente.


