La conciencia moral, o superyó, es una de las instancias más importantes de la mente de las personas.
No se puede eliminar del todo, igual que tampoco se pueden los instintos, como el hambre.
Por ejemplo, si voy por la calle y veo que a una persona mayor se le cae un billete de 100€ al coger un taxi, y me quedo admirándolo sin hacer nada mientras se va, si no intento avisar o dar parte después, o si incluso me la encuentro otro día y no se lo devuelvo, evitaré su mirada y me sentiré culpable.
Porque, en el fondo, sé que si me hubiera pasado a mí, habría agradecido que me lo devolvieran.
La moral tiene mucho que ver con eso: una ley interna que nos iguala en derechos, donde el respeto vale lo mismo para todos.
Pero también existe el extremo contrario: un superyó demasiado rígido y exigente, que deja de orientar e informar sanamente y pasa a ser cruel con uno mismo. O las personas que consideran con más derechos a los demás que a sí mismas y se niegan en demasía.
El superyó no es una instancia separada, está al servicio del yo. No solo para regular los sentimientos y la conducta, sino también para considerarnos con la misma dignidad que a los demás.
La mejor definición que he escuchado es que el superyó, en su forma más sana, es amor.


