Un par de ejemplos para explicarlo.
“Le di un gran empujón porque se puso imposible; al menos así se calló.”
Esto no es una buena justificación.
Si hago algo malo y logro presentarlo como razonable, ¿qué me impediría repetirlo? Ahí se desmorona todo: cuando actuamos con aperente éxito con un método que no tiene en cuenta la dignidad.
Ahora compáralo con esto:
“Me puse muy nervioso después de fallar el penalti. Me increparon, perdí los papeles y les grité. Ya he pedido disculpas. Sé que me desbordé. Eso sí, también les he dejado claro que no vuelvan a faltarme en esas circunstancias.”
Esta sí es una justificación adecuada.
Aquí no se justifica el daño; se reconoce la debilidad. Se asume la responsabilidad y se abre la puerta al aprendizaje de todos, sin culpas añadidas. Hay respeto por la dignidad.
Es la única forma de que todos aprendan y de que no vuelva a ocurrir.
Esa es la diferencia clave: entender quién éramos en ese momento… y decidir quién queremos ser ahora.
Porque sí, somos frágiles y nos superan las emociones. ¿Y qué? Eso no nos condena, pero tampoco nos absuelve, solo nos sitúa en proceso.
Antes no pude. Antes no supe. Antes no vi.
Pero ahora sí.
Se habla de violencia para “cambiar regímenes”, de guerras que supuestamente traerán libertad, como en Irán.
Pero la realidad suele ser otra: el poder no cae. Despliega su fuerza -en nombre del pueblo- y, cuando todo termina, ese mismo poder sale reforzado, mientras el pueblo queda más indefenso y más silenciado.
La violencia no es un bien. Nunca lo ha sido.
El bien no se impone: se encarna, incluso en la cruz.
La paz no se conquista con la injusticia, se contagia con el ejemplo.
La renuncia a la violencia no es debilidad, genera respeto y da al pueblo otras armas más profundas: la palabra, el clamor de la justicia, la libertad, la igualdad.
Es el único camino que no deja víctimas a su paso disfrazadas de “daños colaterales”.
Porque justificar la violencia -por pequeña o por enorme que sea- siempre conduce al mismo espejismo: una aparente victoria en un mundo que, por dentro, se va quedando sin vida.


