Sin duda, este es uno de los pasajes bíblicos del que más enseñanzas he intentado extraer, ¡parece inagotable!.
Recuerdo que cada vez que iba a una librería especializada, me dirigía a los estantes dedicados al Génesis, por si encontraba, con solo hojear algún libro y sin despertar demasiado las sospechas del dependiente, una idea que me iluminara. Ahora lo hago, sobre todo, a través de vídeos de YouTube.
Para mí, este relato es una fuente extraordinaria de conocimiento sobre el ser humano. Tanto me ha transmitido que he decidido dedicarle varios tips, cada uno centrado en una de sus muchas enseñanzas.
A veces se habla del árbol de la ciencia del bien y del mal, o del conocimiento del límite entre ambos. ¿Qué significa, entonces, comer de su fruto?
A mi entender, significa que, para conocer de verdad dónde está el límite entre lo bueno y lo malo, no basta con que alguien nos lo explique, necesitamos vivirlo y experimentar sus consecuencias.
Hay que probarlo, saborearlo y digerirlo, descubrir qué nos alimenta y qué nos indigesta. Porque nadie puede saborear algo ni digerirlo por otra persona.
Si ni siquiera Dios nos pudo meter en la cabeza el conocimiento sin dejarnos comprobarlo, ¿cómo vamos a pretender que una hija o un hijo comprenda, solo porque se lo repetimos mil veces, que una relación afectiva no le conviene?
Podemos advertirle alguna vez -y es humano que lo hagamos-, pero no podemos sustituir su experiencia por la nuestra. Necesitará descubrir por sí mismo cómo le sienta esa relación y qué consecuencias tiene. Quizá así, en el mejor de los casos, ya se cuidará la próxima vez de no repetir lo mismo.
No basta con que nos digan dónde está el bien y el mal; es tan importante, que no está en una idea, está en la vida misma.


