En hebreo, el conocimiento al que alude el Génesis viene de la raíz yada, que también se emplea para expresar la intimidad de una relación, incluso la unión entre dos personas, un conocimiento que nos transforma.
La expresión hebrea tov va-ra, «bien y mal», pueda entenderse como una totalidad expresada mediante dos polos opuestos. Es lo que se conoce como un merismo: decir que he buscado en todas partes es lo mismo que decir que lo he hecho «de arriba abajo» o «de principio a fin».
Conocer el bien y el mal, en consecuencia, es la pretensión de abarcarlo todo, de saberlo todo, conocimiento absoluto que solo tiene Dios.
¿No nos sucede algo parecido? Conocemos una parte de la realidad por nuestra experiencia y terminamos creyendo que nuestra perspectiva lo explica todo y sirve para juzgar cualquier situación y a toda persona.
¡Cuántas veces hablamos como si lo supiéramos todo, y ni escuchamos la experiencia del prójimo!.
Por eso nos cuesta tanto abrirnos a la voluntad de Dios: porque confiar exige reconocer que nuestra mirada es limitada y que puede haber y posibilidades que todavía no alcanzamos a comprender.
Y, una vez más, Jesús, el nuevo Adán, nos señala el camino. No se sitúa en el centro como quien pretende saberlo todo, sino que se abre al Padre: «No se haga mi voluntad, sino la tuya» (Lucas 22,42). Y promete un Espíritu que nos guiará hacia la verdad (Juan 16,13).
La verdadera sabiduría consiste en no tomar nuestra propia experiencia en una medida universal y escuchar y validar la experiencia de todo el mundo.


