Hablaba con un músico amateur que abandonó por un tiempo la música.
Me contaba que tuvo un maestro muy severo que no toleraba que tuviera algún fallo técnico, y eso aprendiendo es imposible.
Llegamos juntos a la conclusión de que el verdadero error era otro.
El perfeccionismo es un engaño del ego. Hay que intentar tocar sin errores, pero si hubiera un error en una nota, sólo sería una señal de humanidad.
La perfección está en transmitir.
Y la clase no está para hundir a nadie, sino al servicio de algo más grande: que la persona se exprese, se atreva, desarrolle su talento, encuentre su propia voz y consiga llegar al alma de quien escucha.
El espíritu siempre supera y da sentido a la letra.


