Cómo disfruto del director venezolano Gustavo Dudamel.
Así como el espíritu supera y da sentido a la ley, su dirección apasionada parece sacar el alma de la partitura.
Es, de algún modo, el representante vivo del autor.
Me fascina cómo propone el ataque de las notas, con esa intensa dulzura, pero siempre desde un respeto absoluto al tempo.
Desde hace tiempo me he aficionado a ver vídeos de sus ensayos, más que de sus conciertos, aunque pueda parecer friki. Me interesa escuchar cómo tocan antes y después de sus indicaciones. Y es que alucino.
En una ocasión, un músico alargó demasiado un sonido y, lejos de censurarlo, Dudamel lo respetó y lo validó. Algo que hasta entonces solo había visto en el jazz. Ahí comprendí su autoridad.
Puede decidir cuándo un aparente error contiene algo que merece ser conservado.
Porque dirigir es conseguir que lo escrito vuelva a vivir.
En este vídeo se puede comprobar en el inicio de la Quinta Sinfonía de Beethoven. Qué precisión coral consigue para convertir a decenas de músicos en uno solo.
En este otro vídeo, Dudamel acompaña la interpretación de La lista de Schindler, de John Williams. Resulta emocionante observar cómo el propio compositor contempla hasta dónde puede llegar su creación. La expresividad del vibrato y la contención del tempo son prodigiosas.


