Hubo un día que comprendí que algunas palabras no las podía haber pronunciado simplemente un ser humano, eran palabras transmitidas por Dios.
Una de ellas aparece cuando Jesús habla de ocupar el último lugar en un banquete:
«Cuando alguien te invite, no te sientes en el primer puesto, no sea que haya invitado a otro más importante que tú. Y venga el que os invitó a los dos y te diga: “Cédele el puesto a este”. Entonces, avergonzado, tendrás que ir a ocupar el último lugar.
Al contrario, cuando te inviten, ve a sentarte en el último lugar, para que, cuando venga el que te invitó, te diga: “Amigo, sube más arriba”. Entonces quedarás honrado delante de todos los demás invitados.
Porque todo el que se enaltece será humillado, y el que se humilla será enaltecido».
No se trata solamente de no colocarnos por encima de nadie, sino de la humildad que no necesita el reconocimiento propio, sino que permanece abierta para permitir el don ajeno.
Es un don mutuo, aprender a reconocer al prójimo y permitir que también pueda ofrecer su propio don.
Ese es el reino del don.
El reino de Dios.


