El Antiguo y el Nuevo Testamento pueden leerse como un camino de experimentación y aprendizaje en la relación entre Dios y el ser humano. Un proceso en el que también parece transformarse la manera en que Dios actúa.
En el Antiguo Testamento, Dios no abarca todavía a toda la humanidad, sino que establece una alianza particular con un pueblo elegido, al que acompaña en la búsqueda de una tierra, en guerra con los vecinos y al que mantiene a la espera de un salvador. Esto marcará hasta la historia actual.
La relación se articula mediante una ley exterior: normas, prohibiciones y castigos cuando el pueblo se aparta de la alianza y adora a otros dioses. Es un intento de reconducir la conducta desde fuera. Pero tampoco consigue plenamente transformar el corazón, y en consecuencia la conducta.
En el Nuevo Testamento se produce un salto decisivo: llega el salvador, ya no de un solo pueblo, sino de toda la humanidad. Y también cambia la forma de superar la ley, porque no hay una acción solo externa, sino una transformación desde dentro.
«Se os ha dicho: no matarás. Pero yo os digo que quien se irrita contra su hermano ya ha comenzado a matarlo en su corazón».
«Se os ha dicho: no cometerás adulterio. Pero yo os digo que quien mira a una mujer deseándola ya ha cometido adulterio en su corazón».
La exigencia deja de estar solo en el acto y alcanza el deseo que lo precede.
Una exigencia imposible de cumplir mediante la voluntad.
Entonces aparece el Espíritu Santo, una presencia que actúa desde dentro y desde fuera, acompañando y transformando al ser humano.
La historia bíblica aún no ha terminado.


