Solemos usar el poder para compensar nuestras carencias más profundas. En una tentación, y si ha llegado muy lejos, ceder con nuestras propias fuerzas a ese abuso resulta imposible, porque no encontramos una mínima energía humana que sostenga nuestra identidad.
La historia, la personalidad y el poder de Trump -forjado en la exigencia y el ventajismo-, con un a utilización del poder bestial, que lógicamente le ha llevado a decir que para él solo vale ganar o ganar.
En Putin existe la imposibilidad de aceptar la derrota tras una sumisión, preso de una historia personal marcada por la invasión alemana: su hermano murió durante el asedio de Leningrado, su padre resultó gravemente herido y su madre, dada por muerta, estuvo a punto de ser enterrada.
Sabemos sin remilgos que en una guerra nuclear no se puede ganar. Solo se puede perder y hacer perder.
Trump no puede aceptar una derrota -y menos a mitad de mandato-, ya se inventará algo.
Pero también conviene ser conscientes que Putin alberga un dolor más profundo, y está dando señales sobrevolando el límite hace tiempo, una llamada a gritos para que se le escuche, se pacte y se evite perder -a él y a todos-.
La historia pide ser escuchada antes de cruzar ese límite.
La paz necesita pactar.


