Si hiciéramos un análisis humanista sería claro: apoyar a las personas, empezando por quienes más sufren y sin olvidarnos de nadie.
Primero, recordar a las personas fallecidas y a sus familias, y procurar que nadie tenga que arriesgar la vida en el mar, así como atender dignamente a quienes llegan, para que nadie tenga que vagar por una ciudad sin techo.
Y, al mismo tiempo, cuidar a la población de Ceuta y su paz social, para que no tenga que soportar sola una situación que afecta a toda Europa.
Defender a las personas no significa actuar con ingenuidad. En Ceuta confluyen intereses geopolíticos por su valor estratégico, pero quienes se juegan la vida en el mar no son quienes toman las decisiones políticas, sino personas que buscan otra vida mejor.
Una ley urgente que permita gestionar las llegadas masivas y las repatriaciones debe ir de la mano de un plan de desarrollo en los países de origen.
Europa invadió y saqueó África, y recordarlo también puede ayudarnos a mirar con más empatía.
¿Podemos guardar un minuto de silencio por quienes murieron y, a la vez, ponernos camisetas por Ceuta? ¿Qué nos lo impide?
Porque cuando una persona que sufre deja de ser parte de una humanidad que compartimos, ninguna barrera podrá impedir que su clamor nos llegue.


