Estudié en los Hermanos Maristas de Valencia. Cuando vuelvo la vista atrás, me vienen a la memoria años de aprender, de sentirme seguro, de estar como en familia.
Recuerdo el patio acogedor, lleno de gente corriendo tras un balón.
Los viernes, cuando terminaban las clases, nos quedábamos jugando en el patio sin hora, y el tiempo se paraba y se hacía eterno a la vez.
Quisiera recordar hoy en especial a un querido profesor de Química, a quien admirábamos profundamente: Francisco Javier Claver.
El nuevo pabellón deportivo lleva su nombre.

En el colegio era Javier, pero en el balonmano le llamaban Paco.
Era un hombre alto y corpulento, y había sido uno de los balonmanistas más destacados de su época, tanto en el Marcol como en la selección española, y luego con su faceta de entrenador en al Alzira.

Su hijo Víctor Claver, fue el más adelantado baloncestista del Valencia Basket, pasó al Portland de la NBA y luego al Barcelona; fue campeón del mundo con la selección española en 2019, y ganó tres Eurobasket.

Os cuento un par de hechos que nunca olvidaré.
Como Javier nos vio un poco apardalados para nuestra edad, y él había viajado mucho, tuvo la valentía de llevarnos a un grupo de alumnos de dieciséis años, con la excusa de visitar el Museo de la Ciencia de Barcelona, a pasar unos días de juega a las fiestas de la Mercè -por cierto en el Museo nos dormimos todos durante la proyección-.
Fue un regalo impagable, el de un hombre vocacional que quiso compartir con nosotros lo mejor que tenía.
En clase era un maestro de verdad; se esforzaba para que comprendiéramos su asignatura y nos mantuvo en tensión durante todo el curso, y aún así, seguía siendo la asignatura más amena.
Llegaron, por fin, las notas finales y, para nuestra grata sorpresa, obtuvimos todos una calificación un escalón por encima de la tuvimos durante todo el curso.
Al salir al patio, le pregunté a Javier emocionado. Entonces me respondió con una sonrisa:
– Os había puesto una nota menos a todos durante el curso para que estuvierais motivados. Estas notas finales son las que os merecéis; ¡que disfrutéis del verano!.
Aquel día en el patio brilló una luz especial difícil de describir y comprendí que si existe el cielo, debe de parecerse a aquella sensación.
Aquel momento viví lo que era la gracia.
Y lo recuerdo como uno de los momentos más felices de mi vida.


