Sigo con mucho interés a Fernando Miralles, campeón de España de oratoria, por sus conocimientos sobre el arte de hablar en público.
Pero lo que más disfruto es cuando habla de relaciones humanas y de estilo comunicacional, porque tiene mucha psicología y conoce el alma humana.
No busca entrar en guerras, ni ganarlas, sino respeto.
Cuando trata sobre responder cuando te ofenden sin perder el control es buenísimo.
Pone un ejemplo.
Alguien te hace un comentario ofensivo y, cuando respondes molesto, te espeta: «Pero no te lo tomes personal».
Encima, consigue que parezcas susceptible y débil y aún te hace más daño, controlando el relato.
Fernando sugiere responder: «Quizá, si me lo dices de otra manera, no me lo tome así». Así devuelves la responsabilidad a quien te ha ofendido.
O puedes poner un límite: «Soy yo quien decide si me afecta personalmente por cómo me acabas de hablar».
¡Qué bueno! Sin ofender y protegiéndote de posibles manipulaciones.
También recomienda escuchar más que hablar. A la gente le interesa más lo propio que lo ajeno.
El lo aplica, y cuenta que algunas personas decían: «¡Qué bien me ha caído Fernando!».
Y él respondía: «Claro: no he hablado apenas».
Si alguien te cuenta algo, no te apresures a responder con una experiencia propia y a enrollarte. Escucha con atención plena, y en lugar de contar lo que te pasó a ti, puedes preguntar: «¿Y cómo lo estás llevando?», o sencillamente interesarte y preguntar más por el asunto.
Tampoco intentar ganar las discusiones. Cuando una conversación se convierte en una lucha por tener razón, el objetivo deja de ser entenderse y pasa a ser vencer.
En el enfoque comunicativo de Miralles aparece la importancia de no entrar en esa competición y buscar puntos de entendimiento cuando queremos preservar una relación. «Ver lo que nos une», como me decía mi querido padre.
Otra enseñanza práctica es saber decir que no sin sentirte obligado a dar un discurso. Aprender a decir «No, gracias», «No me viene bien» o «Prefiero no hacerlo», sin inventar excusas interminables para conseguir que todo el mundo apruebe nuestra decisión.
Cuanto más necesitamos convencer a los demás de que nuestros límites son legítimos, más fácil resulta que acabemos negociándolos contra nuestra voluntad.
Y algo fundamental: no hagas que los demás se sientan inferiores para demostrar tu propio valor. Miralles explica que, si alguien percibe al interlocutor como una amenaza para su posición o su ego, puede ponerse a la defensiva, por eso es práctico nunca empequeñecer a alguien.
Esto tiene una aplicación preciosa en las relaciones personales.
También recomienda corregir sin dañar. En lugar de elogiar algo para deshacer después el reconocimiento con un «pero», propone presentar la mejora como el siguiente paso: «Has hecho un buen trabajo; vamos a mejorar la presentación para que quede todavía mejor».
Son ideas que nos enseñan a tener más control sobre nuestra propia conducta sin intentar controlar a los demás.
No son solo habilidades de comunicación, sino una manera de aprender a relacionarnos sin hacer daño ni dejarnos dañar.


