En otra conversación de este verano, mi amigo Manuel Orts, Manu, me habló de la importancia de la admiración.
«Es necesaria en el amor y la amistad», y me regaló una frase que me llegó especialmente: «Los niños son admiradores natos».
Admirar es saber reconocer algo valioso y especial en otra persona y disfrutarlo.
En las niñas y los niños, que tienen tanto mundo por descubrir, esa capacidad de asombro es una de las cualidades más hermosas.
Su admiración no solo nace de la curiosidad, sino de la confianza.
Una buena maestra o un buen maestro deberían hacer sentir al alumnado que su curiosidad es muy valiosa: «¡Qué pregunta tan interesante!».
Y además de transmitir conocimientos, alienten la capacidad de descubrir o cuestionarse.
Admirar no significa idealizar ni ignorar los defectos.
Precisamente, el amor verdadero nos permite conocer las sombras sin miedo, porque no necesitamos ser perfectos para tener valor.
Incluso podemos llegar a admirar tanto el esfuerzo por mejorarlos, como la humildad de aceptarlos…
e incluso aprender a reírnos de algunas de nuestras debilidades sin despreciarnos por ellas.
Cuando dejamos de admirar a alguien, nuestro vínculo se debilita.
Y cuando una persona domina, desprecia, o empequeñece a otra, se pierde la capacidad de admirar, y eso se llama respeto.
Es entendible entonces que cuando alguien ha crecido con carencias afectivas o una autoestima frágil, puede necesitar constantemente la admiración ajena para sentirse valioso.
La admiración es sin duda una cualidad de la dignidad de cada persona.


