Cuando, después de una crisis personal, leí el Evangelio como si realmente fuera verdad, me di cuenta de que lo era.
Y me emocioné.
Hubo una frase ante la que me quedé sin palabras:
«Amad a vuestros enemigos y orad por los que os persiguen».
Aquello no lo podía haber escrito un simple humano, ni es algo que una persona pueda pedirse fácilmente a sí misma.
Intentar amar a quien te hace daño es un camino que apenas podemos recorrer unos pasos, quizá empezar por no desearle el mal, sino el bien, ya es mucho. Y querer de corazón que haga el bien, qué bonito.
Entonces comprendí que el Evangelio era demasiado grande para haberlo inventado un ser humano.


