Profeso una extraordinaria admiración por Carl Jung.
Jung nos enseñó que nuestra parte oscura, más que ocultarla o negarla, puede estar tratando de mostrarnos algo que todavía no sabemos ver.
No desaparece cuando la rechazamos; puede transformarse cuando somos capaces de mirarla sin miedo y escuchar qué intenta decirnos.
Una adicción, por ejemplo, que también es una forma de huida, puede mostrarnos una frustración, de que algo bueno necesita desarrollarse en nosotros y todavía no hemos encontrado la manera de vivirlo.
Detrás del vacío del que intentamos escapar puede existir una necesidad noble del ego por desarrollarse, un potencial que aún no hemos podido realizar.
Entonces comprendemos que esa parte oscura no tiene por qué destrozar nuestra dignidad, nuestra reputación ni nuestro pasado, sino que es en realidad una oportunidad.
Qué forma tan preciosa de entender la dignidad, el perdón y la esperanza.
Si no nos juzgamos, y Dios tampoco, ¿quién nos juzgará?
La buena noticia es evangélica, pero la condena no lo es.
Quizá el cristianismo debería aprovechar mucho más esta intuición de Jung para no juzgarnos.
Gracias, Carl.


