Cuando se habla de temas conflictivos es muy difícil comunicarse sin caer en la incomprensión, y se suele levantar una barrera que nos separa.
En esos momentos, las opiniones subjetivas suelen ser poco aceptadas.
Sin embargo, hay una manera de hablar que puede abrir un espacio de encuentro, porque actúa como hecho objetivo, y es compartir nuestra propia experiencia.
Si alguien me cuenta lo que ha vivido, no puedo discutir su experiencia, a no ser que no le crea, solo puedo no compartir la interpretación que hace de ella.
Algo podemos aprender siempre de la experiencia ajena.
Y si después convierte esa experiencia en una afirmación absolutista negativa, entonces sí puedo matizarla desde una mirada humanista.
Por poner un ejemplo.
Si alguien me dice que ha vivido en un país donde los roles entre mujeres y hombres están muy separados, o donde las personas son especialmente ahorradoras, por ejemplo, puedo aprender de lo que ha experimentado. Quién soy yo, si no he vivido allí, de negarlo o simplemente saberlo.
Pero si concluye que todo el mundo allí es así, puedo decirle: «bueno, seguramente habrá también de todo».
De esta manera, no niego la experiencia de nadie, pero tampoco convierto una experiencia particular en una verdad sobre todas las personas.
Quizá así podamos hablar de cuestiones difíciles sin que se tensen las conversaciones.
Porque quien no se siente escuchado difícilmente estará dispuesto a escuchar.
Esta forma de entender el diálogo me la ha inspirado una reflexión de mi hermana Amalia.


