«Por mi culpa, por mi culpa, por mi gran culpa»…
La riña constante lleva a sentimientos muy profundos: la culpa y la vergüenza.
Tantas alocuciones pronunciadas en nombre de Dios sobre nuestra naturaleza humana desde la riña…
Avergonzarnos de lo que somos, por no llegar a lo que deberíamos ser.
Pero quizá haya otra manera de entenderlo.
En el fondo, no podemos hacerlo mejor hasta que estamos verdaderamente capacitados.
No fallamos porque queremos hacer el mal, sino hacemos lo que podemos con las herramientas que tenemos en cada momento.
Por más que nos pese.
Dios, al final, como los buenos padres y madres, nos conducirá irrefutablemente a un estado donde estará orgulloso de nosotros.


