Jesús sugirió a los fariseos que no solo supieran interpretar el cielo para predecir el clima, sino también distinguir las señales que estaban viviendo.
Hoy muchas voces se alzan en las redes sociales anunciando que los acontecimientos actuales son signos de los últimos tiempos.
Pero ni Jesús se atrevió a asegurarlo.
Quizá la cuestión sea preguntarnos qué nos está diciendo nuestro tiempo acerca de nosotros mismos.
Y quizá una de las grandes lecciones de la historia tenga que ver con el poder humano, o más bien con nuestra necesidad de vivir y aprender sus límites.
Una pedagogía de Dios que no siempre comprendemos mientras sucede.
Nuestra especie parece tender a buscar el absoluto, y para ello debe tapar nuestra propia vulnerabilidad.
1. Por eso la historia ha conocido una invasión tras otra, muchas veces a costa de vidas humanas.
Europa, considerada durante mucho tiempo una de las partes más evolucionadas del mundo, impulsó algunas de las mayores colonizaciones y guerras de la historia, en esta pulsión omnipotente.
Millones de personas tuvieron que sufrir y morir para que Europa fuera comprendiendo que no existe verdadera grandeza cuando se pierde el respeto por los límites y por la dignidad de los demás.
Basta mirar la pobreza y la injusticia padecidas en África, cuyos recursos fueron expoliados durante siglos y a la que después apenas supimos mirar.
Hoy el escenario es diferente porque aún queda un actor que representa el individualismo, y aún está en pleno proceso de aprendizaje y expansión: Estados Unidos.
Y estamos asistiendo al aprendizaje de los límites de su expansión.
Su actual liderazgo llegó al poder con el respaldo de una parte muy importante de su pueblo, pero una vez lo ostenta hay que ver cómo acaba. Es un poder por matizar porque utiliza la fuerza, el miedo, o la dependencia.
El mundo observa con preocupación hasta dónde puede llegar esa dinámica, mientras un poder que no integra suficientemente la propia vulnerabilidad.
Porque empieza a afectar la vida dentro y fuera de sus fronteras.
Como todo imperior, intenta esquizar la cruz.
El poder humano tiende a poseer, controlar y vencer.
La cruz, en cambio, muestra otra manera de ejercerlo: puede entregar, servir e incluso perder para que el otro pueda crecer.
Por eso, desde el cristianismo, todo poder que aspire a ser absoluto no resulta humanista, y termina encontrándose con sus propios límites: el daño.
Puede parecer triunfal durante un tiempo, pero difícilmente puede producir por sí mismo la paz que pretende alcanzar.
El fracaso del mundo no es como un castigo, sino como parte de una pedagogía de la salvación: la necesidad del amor de Jesús, la cruz.
Y quizá esa misma enseñanza pueda ayudarnos a mirar a quienes ejercen el poder sin convertirlos en enemigos.
Si yo hubiera nacido en su historia, hubiera recibido su educación, hubiera ocupado su lugar y hubiera tenido su poder, no lo habría hecho mejor.
La misma lógica que contemplamos a gran escala aparece también en nuestras vidas cuando despreciamos o apartamos a quien necesita ayuda para salvaguardar nuestro propio estatus.
Entonces contribuimos, quizá sin darnos cuenta, a que determinadas formas de poder vayan adquiriendo cada vez mayor capacidad destructiva.
Y los corazones se van enfriando.
La rigidez de los extremos -el económico lo es- alimenta la polarización, y esta puede terminar alimentándose del odio y del miedo. Así podemos llegar a aceptar cosas que, en otras circunstancias, nos parecerían inaceptables.
Al mismo tiempo, sabemos que no estamos estableciendo las bases de un futuro seguro, que tienen que ver con el amor, la integración, la empatía.
La Tierra también parece recordarnos, con una sucesión de catástrofes, sus propios límites.
Quizá hayamos llegado al límite de una determinada manera de entender el progreso.
Hemos aprendido muchísimo sobre cómo vencer, pero todavía nos cuesta aprender a ceder y a sentirnos responsables de aquello que sucede más allá de nuestros propios intereses.
Nuestra expansión nos ha hecho poderosos, pero también puede habernos vuelto ciegos al prójimo.
La paz exige ceder una parte de nuestro ego para que pueda existir un pacto.
Para ello hacen falta conciencia de humanidad compartida.
Hace falta también prudencia para detenernos antes de alcanzar un punto sin retorno.
Quizá esta sea una de nuestras verdaderas dificultades como especie: reconocer los límites de nuestro poder y comprender que ninguna victoria justifica la pérdida de la dignidad humana.
Y, desde el cristianismo, volver a mirar la cruz.
No como una invitación a la derrota, sino como una revelación de otra manera de ejercer el poder: desde el respeto a la vida del otro, desde el servicio y desde la capacidad de renunciar a imponernos cuando hacerlo destruiría al otro.
Considerar sagrada la vida humana.
Quizá ese sea el verdadero signo de evolución.
2. En nuestra historia personal, si pretendemos dominar la tentación de la conciencia cuando juzga, del placer, y del ego enfrandado, estoy seguro que nadie hemos llegado hasta el final, y aún hay intentos, como en la historia, de invasión.
Este momento, como ningún otro, es una llamada a progresar y revestirnos de humildad.


