Jesús se juntaba con los pecadores arrepentidos, incluso con uno que acabaría entregándolo y no pudo soportarlo después.
Y dijo que no necesitan médico los sanos, sino los enfermos; que había venido a buscar y salvar lo que estaba perdido.
Si viniera hoy, se acercaría también a los que menos perdonamos los humanos, a los genocidas, terroristas o pederastas si estuvieran verdaderamente arrepentidos, no para justificar lo que hicieron, sino para curarlos.
Con quien Jesús no podía hacer nada con quienes no sentían necesidad de él.
Eso es quizá lo más difícil de aceptar: que su misericordia no se detendría ante nadie, mientras nuestro juicio sí. Nos cuesta soportar que alguien que ha causado un daño inmenso pueda ser también objeto de un amor que no renuncia a él.
Pero todo cambia cuando lo experimentamos en nosotros primero.


