No voy a hablar de intereses ni de poder, sino de sentimientos colectivos.
En esos pequeños mundos llamados países somos capaces de unirnos en un mundial de fútbol como pocas cosas logran…
pero también de alimentar la ilusión de que la alegría solo pertenece a nuestro país.
Sin embargo, ninguna victoria es eterna. El fútbol es un deporte cíclico.
Por eso el humanismo ofrece una brújula: celebrar los triunfos de nuestro país y aceptar, al mismo tiempo, que los demás también merecen vivir esa alegría.
Este Mundial ha dejado grandes lecciones.
La victoria fue para un equipo en el que ninguna figura estuvo por encima del grupo; precisamente por eso nadie fracasó.
La solidaridad hizo posible una defensa y un control del juego jamás vistos, y con juego limpio.
Argentina también volvió a mostrar algo admirable. Messi, como antes Maradona, elevó la ilusión de todo un país gracias a un talento excepcional.
Además, impregnó al equipo de un espíritu colectivo con una humildad poco frecuente en quien ha alcanzado tanto.
Por eso la derrota en la final provocó un dolor tan profundo.
Cuando necesitamos negar que el otro también merece disfrutar la misma alegría que nosotros, hemos entregado al fútbol algo que no le pertenece.
Porque la vida siempre capaz de sorprendernos cada vez no podemos considerar al prójimo como a nosotros.
Reconocerla también es una victoria.
Ahora nos tocará a los españoles saber perder cuando llegue el momento y pasar el testigo.
Ojalá el afecto entre España y Argentina no cambie un ápice y, cuando el dolor se atenúe, la rivalidad deportiva pueda vivirse desde el humor.


