La política debería ser el arte de hacer posible lo necesario. Sin embargo es sin duda el campo predilecto de la polarización.
La polarización es un intento de elegir entre dos extremos, un sistema que fomenta el odio.
La conciencia humanista, sin embargo, integra, porque el centro lo pone en las personas, no en la ideología.
Así, si describimos la paleta de colores de la política:
1 Extrema derecha – derecha – centro derecha (D)
2 Centro (C)
3 Centro izquierda – izquierda – extrema izquierda (I)
La polarización consiste en quitar los matices, que no exista el centro, y que acabe siendo una lucha por el poder entre derecha e izquierda.
El mal siempre se proyecta en el polo contrario, por eso no hay libertad emocional ni intelectual para ver algo malo en tu polo, aunque sea un acto violento.
El humanismo en los partidos, en las tendencias, varían con la época y con los países. En regímenes latinoamericanos o europeos no es exactamente igual.
Hay partidos o tendencias actuales con más humanismo, vamos a ver solo los criterios.
Podríamos llamar pueblo al conjunto de todas las personas, sin excepción; y élite a un grupo reducido vinculado al poder.
Entendida así, una política humanista consistiría en mejorar las condiciones de vida del pueblo entero, y no solo las de una élite.
Ese es el criterio: a quién beneficia realmente el poder.
La tentación de beneficiar a una élite no pertenece solo a una ideología, aunque la polarización nos empuje a verlo solo en el adversario, una de las mayores confusiones de nuestro tiempo.
Si predomina un extremo que reduce la sociedad solo a una suma de intereses privados, lo común es una carga y no una responsabilidad. Entonces el abandono de los más vulnerables deja de verse como una injusticia y pasa a considerarse un derecho de las personas aventajadas. Es el egoísmo institucionalizado, pues el mercado solo no alcanza a las personas sin oportunidades.
Al contrario, cuando se convierte lo común en una coartada ideológica para sospechar de la iniciativa individual, se asfixia la libertad creadora, empobreciendo al pueblo. Una élite política dice hablar en nombre del pueblo, pero gobierna sin él, como en regímenes comunistas.
En ambos casos hay abuso de poder, donde una minoría termina organizando el poder en su favor.
No hay sistema perfecto, lo importante es disminuir la proporción de su abuso y aumentar la proporción de humanidad.
Un sistema sano se reconoce porque el pueblo crece.
Y crece cuando hay un equilibrio entre el avance del cuidado de lo común y de los más vulnerables y de la recompensa individual.
Una sociedad funciona cuando nunca se pierde a los desfavorecidos, pero tampoco se los multiplica.
Ese es, quizás, el signo más claro de una política justa: proteger lo común sin sofocar la libertad, y defender la libertad sin abandonar lo común.
Solo ocurre si personas se dedican a la política más por vocación que por interés.


