Las personas que nacimos hace más de cinco décadas tenemos el privilegio de una experiencia única; haber habitado en dos planetas con valores opuestos.
En uno reinaba la primacía del deber, y en otro, la del placer.
El superyó y el ello tienden a ser absolutos, es decir no se podían ni cuestionar; pero en un mundo humanista, es el yo el único que tendría derecho a serlo.
Así pues, se identificaba yo y superyó, se reprimía al ello, y el deber era el bien.
Ahora se identifica ello y yo, y se reprime la autoridad y el pacer es intocable. Desglosemos las dos épocas, la primera hasta la transición, o más bien un poco más, hasta la entrada de los años 80.
La época antigua: la primacía del deber
Antes la obediencia a la autoridad era sagrada, y el deber estaba por encima de cualquier deseo.
Los mayores eran vistos como superiores, y esa superioridad legitimaba ciertas formas de dureza y violencia que hoy nos resultan inaceptables.
Los hombres eran considerados superiores en derechos a las mujeres.
En un supermercado había adolescentes solos comprando, con una lista que encargaba la madre, y a nadie se le ocurría añadir nada. Y si iba sola la madre y le llevaban el pedido a casa, su nombre era «señora de…».
Hoy en día no hay ningún adolescente solo ayudando a la compara en un super y menos con una lista.
Aquella cultura produjo estabilidad, pero también sufrimiento. La autoridad estaba tan endiosada que apenas encontraba límites.
Recuerdo una escena de mi infancia. Estábamos en una celebración familiar y a los niños nos sentaron en una mesa aparte, con una fanta, sándwiches mixtos y patatas fritas. Los adultos, en otra mesa, comían una fabulosa paella hecha a leña. Me acerqué a mi madre para que me dejara probarla y le pregunté: “Mami, ¿por qué nosotros no tenemos paella?”. La distancia entre el mundo adulto y el infantil era lo natural.
Un día en el colegio no aparecía un borrador, y el profesor dijo: hasta que no aparezca, no sale nadie. Como no se atrevió a salir la persona que lo tenía, estuvimos retenidos 2 horas; algunas madres lloraban…hasta que el profesor cedió, abrieron la puerta y pudimos salir.
Porque si una autoridad lo decidía, era justo y bueno.
Hoy en día suena el timbre , el profesor pide que esperen por favor un minuto que tiene que explicar algo que no le ha dado tiempo, y lo dejan con la palabra en la boca.
Epoca actual: la primacía del placer
Hoy sucede lo contrario. Porque el autoritarismo produce consecuencias emocionales inconscientes siempre, entonces la razón lo acaba polarizando -como ocurre la política-.
Las sociedades de por sí no pueden encontrar el equilibrio, y por la polarización solo pueden oscilar de un extremo a otro.
En consecuencia se forma una aversión a la autoridad, y por parte de los que la tendrían que ejercer, un comprensible temor a dañar con la autoridad.
Pero por evitar el autoritarismo, se ha renunciado también a la autoridad legítima. acabando por idealizar el polo opuesto porque, uno u otro, siempre necesitamos un absoluto que no tenga límites.
Si antes costaba poner límites al deber, hoy cuesta poner límites al placer.
Lo que antes era bueno ahora es malo y viceversa.
Y si antes costaba poner límites al deber, hoy cuesta poner límites al placer.
Pongamos algún ejemplo.
Hace unos años viví la escena inversa. En el cumpleaños de un niño habían alquilado una cancha de fútbol sala. Los pequeños llevaban dos horas jugando y, en un momento precioso, a uno de ellos se le ocurrió proponernos a madres y padres entrar a jugar con ellos. Los niños estaban felices con la idea. Pero algunos adultos respondieron: “Mejor no, queremos seguir grabándolos”. Y allí nos quedamos, detrás de la valla, observando y registrándolo todo con el móvil, mientras dejábamos pasar la posibilidad de compartir de tú a tú.
Hace un tiempo se hizo viral una escena profundamente triste. Un profesor estaba dando clase, concentrado en explicar, cuando un alumno se acercó por detrás y le bajó los pantalones delante de toda el aula. Las risas estallaron inmediatamente. Algunos grababan con el móvil. Otros miraban sin saber qué hacer. El docente intentó recomponerse, pero la humillación ya había ocurrido. Días después trascendió que había cogido la baja por causa psicológica.
El ello desprecia la autoridad y a la vez actúa con la crueldad propia del superyó más primitivo. Esa misma crueldad se manifiesta, por ejemplo, cuando algunos niños se ríen al ver caer a otro, sin detenerse a pensar si se ha hecho daño. En esos momentos aflora una forma arcaica del psiquismo, todavía ajena al reconocimiento del sufrimiento ajeno.
La cultura contemporánea, orientada cada vez más hacia la satisfacción inmediata, tiende a privilegiar el placer instantáneo sobre aquello que requiere esfuerzo y maduración.
La cultura general o el pensamiento crítico se empobrece progresivamente, porque deja de sentirse útil, con el placer creemos que lo tenemos todo.
Sin embargo, lo más valioso no es inmediatamente rentable; algunas de las realidades más esenciales -el conocimiento, la formación del juicio- solo revelan su fecundidad con el tiempo. Por eso cuando han llegado las hacemos aguas, no hemos sabido cómo entendernos unos pueblos con otros, porque eso va por otra vía que actualizar la versión del smartphone.
El verdadero humanismo sostiene que toda persona merece el mismo respeto, con independencia de su edad, sexo, función o pertenencia. Nadie es superior a nadie en dignidad. Puede haber diferencias de experiencia, de conocimiento o de responsabilidad, pero saber más no significa valer más.
Por eso, tan empobrecedor es idolatrar la autoridad como idolatrar la infancia. El reto consiste en crear escuelas, donde sean igualmente sagrados el alumnado y el profesorado, cada uno respetado por lo que es y además por la función que desempeña.
El alumno merece cuidado, reconocimiento, y escucha; el docente, consideración por su experiencia y por su tarea de transmitir y orientar. Respetar a los dos es respetar a lo mejor de la vida.
Al dejar atrás modelos excesivamente autoritarios, nuestra cultura ha desarrollado un comprensible temor a dañar con la autoridad. Pero por evitar el autoritarismo, se ha renunciado también a la autoridad legítima.
Y una comunidad sin autoridad no se vuelve más alegre, sino más irascible, y muy separada, alumnado por un sitio y profesorado por otro.
A esta dificultad se añade la creciente incapacidad para poner límites al deseo.
En una sociedad fuertemente condicionada por la tecnología, la inmediatez y el poder del dinero, resulta más difícil comprender el valor del esfuerzo y del reconocimiento de quienes saben más.
Asimismo, una sexualidad vivida de manera prematura o sin la necesaria elaboración psíquica puede generar sentimientos de omnipotencia y un desprecio hacia las figuras adultas, como si ya no fuese necesario recibir orientación ni reconocer autoridad alguna. La autonomía se confunde entonces con autosuficiencia, con negación de toda dependencia.
Sin marcos internos y externos suficientemente sólidos, la persona experimenta dispersión, inquietud y una sensación de no poder construir nada duradero.
Y lo más importante, un vacío interior, porque ya no hay nada más, la autosuficiencia que da la libertad sexual nubla lo demás.
De ese vacío surgen formas de funcionamiento más primitivas. No es extraño entonces que reaparezcan fenómenos como el machismo o la idealización de antiguas dictaduras: intentos regresivos de encontrar en la imposición externa los límites que no han podido ser interiorizados.
La verdadera libertad no consiste en la abolición de toda autoridad ni en la satisfacción inmediata del deseo. Consiste, más bien, en la capacidad de reconocer los límites necesarios para adquirir bienes superiores, como pasa con la pareja.
Esto también tiene una dimensión neurobiológica profunda.
El cerebro humano está diseñado para buscar recompensa. La dopamina, el neurotransmisor más importantes del sistema de motivación, se activa especialmente ante la novedad y el placer inmediato. No produce felicidad estable; produce deseo de repetir.
Por eso el estímulo constante -pantallas, juegos, redes sociales, pornografía, consumo compulsivo-. genera tolerancia y cada vez se necesita más intensidad para obtener la misma sensación.
El problema aparece cuando el circuito de recompensa domina sobre los sistemas cerebrales del neocórtex, prefrotales, de regulación, de dominio y juicio. La amígdala, implicada en las respuestas emocionales e impulsivas, toma protagonismo sobre la corteza prefrontal, que es la región encargada de la reflexión, la planificación, la empatía y el autocontrol.
Dicho de forma sencilla: el cerebro pierde capacidad de aprender porque no espera, no tolera frustraciones ni piensa a largo plazo.
Por eso cuesta tanto poner límites hoy. Porque el mercado tecnológico y buena parte de la cultura contemporánea están organizados para captar atención y producir gratificación inmediata. Y el cerebro humano, especialmente el infantil y adolescente, es extremadamente vulnerable a ello.
La serotonina, en cambio, se relaciona más con la estabilidad emocional, la regulación del estado de ánimo, la sensación de equilibrio y la capacidad de sostenerse en el tiempo. No nace tanto del impacto inmediato como de la integración: vínculos seguros, rutinas, sentido, descanso,, autocontrol.
La dopamina excita; la serotonina estabiliza.
Ambas son necesarias, pero una sociedad gobernada solo por la búsqueda dopamínica termina agotada y ansiosa.
Sin límites no hay maduración psicológica, ni aprendizaje profundo ni una construcción sana de la personalidad.
La conciencia humana no surge espontáneamente como surge el deseo, porque el placer viene de serie, pero la conciencia es más compleja y necesita cultivo.
Empiezan a verse ya las consecuencias del uso precoz e ilimitado del smartphone en la infancia y adolescencia: dificultades de atención, ansiedad, impulsividad, dependencia emocional de la validación externa, problemas de sueño, empobrecimiento de los vínculos y aumento del malestar psicológico.
Y aun así cuesta legislar y poner límites, porque los propios adultos estamos atrapados en la lógica del estímulo continuo y la sociedad de huir de sentimientos inconscientes de autoritarismo y falta de libertad.
Sucede algo parecido con la sexualidad. Durante siglos fue reprimida de forma enfermiza y culpabilizadora. Hoy, en cambio, cuesta reconocer que una sexualidad completamente desvinculada del tiempo emocional y evolutivo de la persona también puede producir vacío y sufrimiento.
Recuerdo a una profesora de bioestadística de Medicina que decía con ironía: “El alumnado actual tiene demasiada autoestima: suspenden un examen y creen que el error es del profesorado”. La frase señalaba que hemos confundido autoestima con incapacidad de aceptar el límite y la frustración.
Y, sin embargo, los límites no son una tiranía como las viejas formas de dureza. Bien enfocados orientan, sostienen, cuidan, permiten crecer, no niegan el deseo: lo humanizan.
Sin límites, sin poder evitarlo se cae en falta de respeto, porque el placer es muy tirano.
Se desprecia a las personas con edad, a la sabiduría…
Pero cuando vienen conflictos en el mundo, por mucha inteligencia artificial que haya, echamos de menos la madurez en la vida pública que arregle los conflictos, nos separe de la fuerza bruta, y nos permita disfrutar de las maravillas del mundo.


