Las personas pasamos por dos estados totalmente distintos: querer tener la razón o buscar de corazón la verdad.
La vida es, en parte, el duelo de ir perdiendo la razón.
El estado de querer tener la razón
Es humano defender nuestras convicciones, el problema es cuando creemos poseer en exclusiva toda la verdad.
En ese estado no podemos incorporar nada bueno de las opiniones ajenas.
La conversación deja de ser un diálogo y se convierte en una contienda, porque no se puede dar la razón.
Cuando necesitamos tener la razón no aprendemos, porque creemos haber llegado al final.
Este intento es en el fondo muy exigente y rígido, un intento fallido de curar la herida de no ser omnipotentes.
Pero en vez de una derrota que nos deja sin algo tan preciado, es una oportunidad para ir en busca de la verdad.
El estado de avanzar en la verdad.
Buscamos la verdad solo si tenemos una actitud de apertura y humildad.
Implica reconocer que la realidad es más grande que yo, y siempre puede enseñarnos algo nuevo, por eso solo aprendemos cuando estamos dispuestos a cambiar.
La verdad no se posee, se profundiza en ella, pues es tan compleja que nos supera.
Todas las personas pueden enriquecerla con su experiencia, no pertenece a nadie.
No tiene prejuicios, no entiende de rangos, ni de edades, de condiciones o etiquetas y es desinteresada.
La verdad nos va haciendo libres de conciencia.
Cuando amamos la sabiduría no deseamos vencer a nadie, sino estamos centrados en comprender mejor.
La verdad está íntimamente unida al bien: no consiste en acertar intelectualmente, sino en humanizarnos.
La verdad nunca se alcanza del todo y recorre toda la vida.
La «razón» bien entendida no debería ser enemiga de la verdad.
Al contrario, es una de nuestras facultades más nobles para acercarnos a ella.
La realidad es lo que es, y la verdad el camino para comprenderla.
La vida es discernir qué parte de razón es verdad.
«Si quieres la verdad, caminemos juntos a buscarla.
Si quieres la razón para ti, quédatela.»


