El devenir del mundo nos preocupa, aunque no siempre lo digamos, porque angustia .
En mi ciudad, algunos taxistas -que captan los movimientos sociales un poco antes que los demás- dicen que desde el final de la pandemia la gente sale cuanto puede y procura vivir el momento, porque no sabemos qué va a pasar.
Nos sentimos dependientes de quienes mandan, mientras la polarización crece y la empatía no.
Se palpa.
Aunque el mundo es muy listo para la tecnología, en política parece que no puede haber término medio.
Y, sin moderación, los extremismos no se curan, se retroalimentan.
Si falta la fuerza de la empatía, las fuerzas del egoísmo -el ventajismo y el dinero- junto a la fuerza militar acabarán marcando el rumbo.
Pero sabemos que, sin amor, nada es verdaderamente sostenible y las relaciones internacionales se deteriorarán.
El universo está en un proceso de enfriamiento progresivo por su expansión desde el Big Bang.
Solo esperamos que no ocurra lo mismo con el corazón humano y reaccionemos.


