Dios me enseña constantemente a no sentirme superior a nadie.
En mi experiencia, Dios me enseña que no podemos presumir de nada ni juzgar a nadie.
Cuando alguien me hace daño y mi corazón empieza a juzgarlo, casi inmediatamente me hace consciente de que yo también he hecho algo parecido, aunque haya sido de una manera más sutil.
Es como si me dijera: «Sí, es verdad que lo que ha hecho está mal, pero no condenes a la persona, porque tú también has caído en ello, y esa persona tiene sus circunstancias».
Y hay algo más que me conmueve. A veces he sentido que Dios me ha privado de algo que necesitaba, hasta el punto de sentirme abandonado por Él. Sin embargo, más adelante descubro que yo también he faltado a alguien precisamente en aquello que tanto eché de menos, como por ejemplo, puedo haberme sentido abandonado durante años y descubrir después que yo también he abandonado a un familiar.
Quien se queja de ser abandonado por progenitores, dependió mucho luego de su hija o hijo y les condicionó su vida, por no poderse amar… nadie lo hace perfecto.
Es como si Dios fuera preparando el terreno para nadie pueda salvarse solo, dejar de aprender en este mundo que ya tengo el juicio sin su gracia soy soy el bueno, ya he condenado el mundo.
Desarmarnos de la superioridad y abrir paso a la compasión es la verdad.
Es muy duro cuando nos hacen daño, casi imposible, pero con el tiempo siempre acabamos por darnos cuenta, y si no, Dios en un futuro nos lo hará ver para lograr la paz con quien cos dañó.


