La polarización política es un fenómeno emocional antes que intelectual.
Tiene que ver con la biografía y el factor personal.
Responde a nuestra necesidad de unión.
Por eso nos fusionamos con una identidad, un credo, una ideología, un terrirorio.
Pero no es una unión total, es parcial, con «la mitad» de la gente.
Si esa unión es humanista, nunca sería polar, pero eso es un ideal.
Cuanto más interesada en el poder, más partidista y más polarizada.
Entonces, como un péndulo, necesitamos uno de los extremos para sostenernos, para estar protegidos; el otro extremo, por definición, no solo es el opuesto, sino el que nos da la fuerza para refugiarnos en el nuestro.

Esto no significa que los partidos políticos sean equidististantes del humanismo. En España, que es lo que conozco, el humanismo puede ser más próximo a unos que a otros.
Pero el centro de la balanza debe ser este humanismo, es decir, el bien de todas las personas, para actuar con libertad.

Por eso, sería bueno salirse del discurso de polaridad, del odio, porque tampoco ayuda al prójimo a pensar con libertad.
PD Hasta la materia nos lo enseña: la física contemporánea sugiere que, aunque el espacio y el tiempo se expanden y diferencian progresivamente, subsiste en el fondo una unidad más profunda.


