La frase «amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente y con todas tus fuerzas» es, quizá, la más exagerada que pronunció Jesús.
No me extraña.
Porque si quieres aceptar como buena la voluntad de Dios, lo que te ocurre en la vida, y aprender a leerlo desde el amor, a tu ego le da un patatús.
Se da la vuelta por completo, con su ventajismo en la vida, su rigidez, su miedo y su egoísmo, lógicos por cierto, desde la lógica de un mundo que acaba aquí.
Y para eso necesitamos todo, no sobra nada.
Al final, las cuentas salen, pero, entre medias, tenemos que pedir perdón a Dios por las veces que nos cabreamos con él -al menos me pasa a mí, cuando no le entiendo y creo que no me hace ni puñetero caso-.
Pero es que lo mismo nos pasa con los demás, es parte de la cruz.
Cuando intentas seguir a Jesús, o lo que es lo mismo, amar incondicionalmente a todo ser humano, habrá personas que te rechacen, te critiquen y hasta te hagan daño, aunque quizá con el tiempo también lleguen a quererte y a comprenderte cuando no reaccionas con odio.
Con Dios hacemos algo parecido.
Por eso Jesús, cuando cita esta frase, la coloca junto a otra:
«Amarás a tu prójimo como a ti mismo».
En ese sentido, esta frase no sería una exageración, sino la expresión real de que con su amor podemos dar más a los demás de lo que podíamos imaginar, en su plan, que no acaba en este mundo.


