Vamos solo a destacar algunos aspectos que manifiestan cómo ven la realidad.
La física explica los fenómenos observables.
Así, la física clásica considera una visión determinista, esto es, rígida, ordenada, mecanicista, previsible.
Esta concepción se afianza con las leyes de Newton, que describen relaciones matemáticas exactas. Sabemos el pasado y el futuro si conocemos el presente; por ejemplo, la posición y la velocidad de una partícula.

En la física clásica, la materia se concibe como algo sólido, estable y localizable; interactúa con la energía dentro de un espacio y un tiempo absolutos, independientes del observador.
Es el culmen de la objetividad.
El universo se rige por leyes universales, inmutables y válidas en cualquier lugar y momento, lo que garantiza la regularidad de los fenómenos.
El azar no cumple un papel fundamental en la naturaleza, sino aparece consecuencia de nuestra ignorancia, no como una indeterminación real.
Las grandes leyes del movimiento responden a un esquema mecanicista: todo acontecimiento tiene una causa definida y produce efectos necesarios.
Si no detenemos en la termodinámica clásica destacan:
la Primera Ley, que establece la conservación de la energía,
y la Segunda Ley, que afirma el aumento natural de la entropía, entendida como el grado de dispersión de la energía en un sistema aislado durante procesos espontáneos.
Así, por ejemplo, una nube de vapor tiende a dispersarse uniformemente en una habitación, y, de forma análoga, el universo ha evolucionado desde un estado inicial extremadamente concentrado en el big-bang hacia una expansión progresiva.

El electromagnetismo clásico, formulado por James Clerk Maxwell, describe los fenómenos eléctricos y magnéticos como campos continuos y deterministas que se propagan en el espacio conforme a leyes universales, capaces de predecir con precisión su comportamiento.
Hay ondas o partículas.

En resumen, es determinista, es objetiva porque no depende del observador, con leyes que funcionan igual para todos y predicen el futuro.


