¿Y si el mundo funcionara al revés?
El Mundial de 2030 será organizado conjuntamente por Portugal, Marruecos y España.
Se debate dónde debería disputarse la final: en el nuevo estadio Hassan II de Casablanca, con capacidad para 110.000 espectadores, o en Madrid.
No quiero pensar esta cuestión en clave económica, geopolítica o deportiva.
Solo en clave humana.
España ya acogió un Mundial en 1982 y disfruta de un mayor desarrollo socioeconómico y de un reconocimiento internacional plenamente consolidado.
Viviríamos en otro mundo si España tuviera el gesto de apoyar que la final se celebrara en Marruecos, estaría enviando un mensaje de cooperación que lo cambiaría todo.
Si pudiera alcanzarse esta utopía, no sería una pérdida, pues la generosidad no empobrece a quien la ofrece, sino que fortalece a todos.
Supondría que podemos alcanzar una relación segura de los que ostentan el poder y de la opinión pública.
Cuando el poder siempre se decanta por el interés propio, suele imponerse la lógica de la rivalidad: para que uno gane, otro debe perder.
Y de la rivalidad nace el resentimiento del que se ve en desventaja.
Desde el egoísmo, la empatía puede parecer poco práctica.
Vivimos un tiempo en el que nos quejamos del auge de líderes que dividen y confrontan al mundo.
Y comprobamos que el progreso tecnológico, por sí solo, no garantiza un mundo mejor. Que algo está fallando.
En una época marcada por la polarización, los gestos de generosidad tendrían un valor extraordinario porque cambiarían la dirección de la balanza.
Salir de la lógica de la competición y egocentrismo permanente sería la única forma de que una humanidad insaciable no termine destruyéndose a sí misma.
Porque la generosidad a la larga renta, y el egoísmo se paga.
En un tiempo y en un mundo donde a gran escala esto es imposible.
La paz siempre tiene un precio difícil de pagar, y ese precio es la empatía.


