Pondré un ejemplo que he visto presentarse frecuentemente en la clínica bajo formas muy diversas.
Imaginemos que A, B y C son hijas o hijos de los progenitores X e Y.
A y B siempre fueron más a la suya; C, en cambio, dedicó una parte importante de su vida a cuidar y sostener a uno de los progenitores, que padecía una enfermedad crónica. Lo hizo con entrega y generosidad, y aun así nunca sintió agradecimiento ni reconocimiento.
Ese progenitor falleció sin haber protegido a C, y en la herencia dejó incluso una mayor proporción de bienes a A y B.
Tiempo después, C acude a consulta en un estado depresivo. No solo porque A y B se hayan llevado la mejor parte, sino porque todavía reclaman como suyo un pequeño terreno que legalmente corresponde a C. Al no comprender semejante reacción, esta persona se siente desolada.
En el trabajo terapéutico, intentamos que no ceda, porque ese bien es suyo, es justo, y además también lo necesita para sus hijas e hijos.
Siempre hago la misma pregunta:
“¿Te cambiarías por tus hermanos o hermanas A y B?”
Y la respuesta es invariable:
“¡Nunca!”
Porque, en la herencia de la vida, C recibió la mejor parte: la bondad.
Hay personas que, aun habiendo nacido en la misma familia, son profundamente distintas.
Unas poseen una mayor empatía, una sensibilidad espontánea hacia el sufrimiento ajeno y una tendencia natural a dar, a perdonar y a soportar.
Otras, en cambio, parecen experimentar más vacío interior, mayores celos y una necesidad constante de afirmarse y de consumir la vida. Tienden a tomar, a apropiarse de las personas más favorecidas en este factor personal, y les resulta difícil conectar con lo que sienten.
Es como si a la naturaleza humana se añadiera un matiz esencial que siguiera un cauce propio.
Unos son quienes dan; otros, quienes toman.
Cuando ambas disposiciones se encuentran, la persona que da puede acabar exhausta, mientras que la persona que toma parece incapaz de dejar de vaciarla, aprovecharse de ella e incluso atacarla.
Si es el caso de progenitores funciona desde la carencia emocional -siempre que se indaga en la propia historia afectiva se entiende-, puede ocurrir que no reconozcan plenamente como hija o hijo a quien es más sensible y generoso, y que, en cambio, se identifique y favorezca a quien más se le parece.
Esta es una de las realidades más dolorosas y difíciles de aceptar en la vida.
A veces intervienen circunstancias externas, pero con frecuencia da la impresión de que estas disposiciones están presentes desde el origen, como un don o una condición de nacimiento, que va por otra vía, que se tiene más o menos.
En salud mental, especialmente en la práctica ambulatoria, es habitual que consulten precisamente las personas más sensibles.
También suele suceder así con quienes han sido víctimas de acoso o bullying.
Tengo la impresión de que quizá nunca exista una prueba orgánica capaz de medir o demostrar esta cualidad.
Es algo profundamente subjetivo y, por ello mismo, siempre susceptible de ser negado.
En el fondo, no constituye un mérito personal.
Ignoro hasta qué punto puede modificarse, seguro que en casos excepcionales se puede.
Habrá que reflexionar hasta dónde pertenece a las neuronas espejo, al carácter o al alma.
No obstante, hay personas que parecen nacer con un mayor grado de generosidad, sensibilidad o empatía y aun eso, en el fondo, constituye un don.
Nadie ha realizado un examen en el útero para merecer una determinada disposición interior, no puede considerarse un mérito.
En este mundo, cada cual obtiene satisfacciones distintas. Quienes tienden a tomar suelen aprovechar mejor las oportunidades del mundo, quienes tienden a dar, en cambio, encuentran su mayor sentido en la entrega y en la conciencia.
Si existe el paraíso, allí todos quedaremos igualados en este don esencial. Nadie es culpable de haber recibido una mayor o menor capacidad para la generosidad.
Lo que sí parece claro es que nos encontramos ante una de las realidades humanas más evidentes y, paradójicamente, una de las menos estudiadas.
Además, esta cualidad posee un carácter profundamente relativo. Nadie encarna por completo una sola posición, ni carece totalmente de este don. Todos podemos dar más o tomar más según la persona con la que nos relacionamos.
La idea es que la generosidad, la empatía y la capacidad de dar no se manifiestan siempre de la misma manera. No son cualidades rígidas ni absolutas.
Una misma persona puede mostrarse extraordinariamente generosa en una relación y, en otra, actuar de forma más defensiva, distante o incluso egoísta.
Del mismo modo, alguien que suele parecer poco empático puede desplegar una gran capacidad de cuidado cuando se encuentra con una persona con la que se siente emocionalmente seguro.
Esto significa que el don no es una cantidad fija que se expresa igual en todo momento, sino una potencialidad cuya manifestación depende en gran medida del vínculo.
Por eso, cuando hablamos de generosidad o de empatía, no debemos pensar en categorías absolutas, como si algunas personas fueran siempre “las que dan” y otras siempre “las que toman”. La realidad es más matizada.
Cada ser humano posee, en distinto grado, ambas posibilidades. Y la forma concreta en que predominan depende de la interacción con el otro.
En otras palabras: no solo importa lo que cada persona es, sino también con quién está.
El vínculo puede revelar nuestros dones más profundos. Y precisamente esta interacción entre la disposición interior y la relación constituye una de las dimensiones más sutiles y fascinantes de la vida humana.
Pero eso quedará para el siguiente tip.


