«Solo conocemos de verdad si re-conocemos».
La vida es un aprendizaje continuo; con el paso del tiempo, cuando las cosas se vuelven evidentes, darnos cuenta en qué hemos fallado duele, especialmente si ha afectado a quienes amamos.
Esta limitación es la herida de nuestra condición humana.
Por eso no tiene sentido condenarnos por no haber visto antes aquello que aún no podíamos comprender.
A posteriori es muy fácil.
El ego se resiste a aceptar esta parte, porque quiere tener la razón absoluta.
Por eso actúa de juez implacable, que en vez de acusarnos nos defiende desde la negación, acusando al prójimo.
Ahí es donde entra en escena el verdadero abogado defensor: el amor; solo él trasforma el juicio de condena por el de compresión.
Así, nos fortalecemos, pues si alguien pretende imponerse sobre nosotros, nos perseguirá precisamente en ese punto vulnerable.
Nuestro punto ciego.
Un punto que no podemos eliminar, pero sí iluminarlo si permanecemos atentos a lo que la vida nos enseña.
Eso sí, desde un yo renovado que va superando la rigidez y el miedo del ego.
Quien vive bajo el amor se abre a una sabiduría que no se basa en la condena, sino en la humildad.


