Ante el desencanto de las ideologías en el mundo libre, a veces parece que el único camino posible es apostar por la fuerza como antídoto frente a la fragilidad.
Los regímenes comunistas, al precio de anular la iniciativa individual, no construyeron un desarrollo justo, sobre todo en Latinoamérica: más bien socializaron la pobreza y la sumisión al poder.
De ese fracaso brota una nueva ideología: la del individualismo, que si es justo genera progreso, pero si es abusivo fácilmente deriva en la lógica de la superioridad.
Para quienes poseen más recursos, esta lógica resulta cómoda. El ventajismo se normaliza, se confunde con el mérito y llega incluso a presentarse como un derecho.
Pero ¿qué ocurre con quienes tienen menos si aplican el mismo razonamiento? ¿A quién resulta más sencillo señalar como enemigo: al que está arriba o al que está aún más abajo?
No hace falta un máster en matemáticas ni en sociología para intuir la respuesta.
Basta con observar cómo se desconfía de quienes son más vulnerables o dependientes -los inmigrantes-, aceptados solo mientras resultan útiles y descartados cuando dejan de serlo.
Una sociedad que actúa así termina desmoralizándose, porque excluye una parte esencial de su propia humanidad. Y es profundamente injusta y desagradecida.
En el fondo, lo más importante del ser humano es el amor. Y el amor no se prueba en la fortaleza, sino en la debilidad. Mirar el mundo desde el amor invierte la lógica dominante: no rige la ley del más fuerte, sino la del más débil.
El poder persigue el interés de unos pocos; el amor, el bien de todos.
No hablamos de una ideología, sino de una constante humana: todo aquello que se aleje de este principio genera vacío e inseguridad crecientes, como estamos comprobando hoy.
Un mundo donde triunfa el ser humano en la tecnología, que nos absorbe, nos domina, y nos hace olvidarnos de cómo se sienten las personas que tienen menos oportunidades; estos no son los trending topics que venden más.
Es tan difícil para la polarización de la mente del ser humano integrar libremente estos dos conceptos, que harían una sociedad más feliz: «libertad carajo«, con «solidaridad carajo«, con las personas que no han tenido precisamente la misma libertad de prosperar.


