Que no queramos la debilidad es sano.
Si tengo una herida, es normal no quererla, a quien tengo que quererme es a mí.
Las heridas, cuando aparecen, pues se aceptan, se tratan y, si es posible, se curan; y si dejan cicatriz, qué le vamos a hacer, se asumen.
Con la mente, sin embargo, todo es mucho más complejo.
Las heridas psíquicas se viven como debilidades contra las que la mente lucha de forma absoluta.
Parecen amenazar nuestra dignidad y despiertan un miedo profundo. Y la mente puede volverse implacable frente a ellos.
Para protegernos, activamos mecanismos de defensa que nos resguardan, sí, pero no nos curan.
Todas las heridas internas se reactivan cuando nos topamos con los límites.
Si una persona ha logrado, por el momento, defenderse de manera eficaz de sus heridas mediante defensas rígidas, pro lógica rechaza al prójimo cuando este sufre psíquicamente.
Este “negacionismo” nace del temor de que la persona que sufre delante nuestro refleja aquello que mantenemos oculto en nuestro interior.
Y claro, para reconocerlo en el otro implicaría haberlo tratado también en nosotros. Defenderse de una herida no es tratarla.
¿Y cómo voy a cuidar en el prójimo lo que niego en mí mismo/a?
Si no hemos atendido previamente nuestras propias heridas, no podemos ofrecer ese cuidado a los demás.
Es una de las leyes primordiales del mundo subjetivo; la experiencia propia es necesaria y previa para recocer la realidad ajena (como tener ojos es la codición previa para ver a los los demás).
Si no se da el caso, entonces la otra persona es rechazada y etiquetada de manera injustamente peyorativa, como alguien manipulativo del que conviene defenderse: “me exige lo que no tengo”, y eso genera una gran angustia.
Esta realidad es especialmente cruel y para quien padece psíquicamente, porque recibe un estigma injusto, casi siempre acompañado de un juicio moral negativo por parte de quien lo rechaza: “no quiere”, “no pone de su parte”, “manipula”, “es un vago o una vaga”.
Este razonamiento parece lógico: quien sufre de esta manera nos pide, en el fondo, algo que no tenemos. Y nadie puede dar lo que no posee.
Por eso, ser conscientes de nuestras propias debilidades no solo nos hace más humanos, sino también más comprensivos con quienes todavía no pueden reconocer las suyas.
Me gustaría describirlo con un pequeño ejemplo que me marcó.
Un día en la consulta, una chica me contó algo que nunca se me olvidó.
Sabía que la paciente tenía una dificultad que no le permitía rendir tan rápido como otras personas, pero era tan buena gente que no me extrañó que una tía suya le confiara trabajar en su oficina.
Me explicaba que empezó con mucho empeño aquel trabajo, pero cada media hora necesitaba parar cinco minutos: salía un momento -a veces simplemente a tomar aire-, se relajaba y era su manera de sostener luego el ritmo.
Los primeros días había una persona coordinando el trabajo. Cuando alguna vez la vió salir ese momentito, le dijo: “tú tranquila, que lo estás haciendo muy bien”.
Me contó que cada vez salía menos tiempo, y sus resultados terminaron siendo muy buenos.
Pero un día cambiaron a la coordinadora.
Llegó otra persona. Y la primera vez que la vio salir cinco minutos, le dijo:
“muy mal. No se puede salir aún. Si hiciera todo el mundo lo mismo…”
Mi paciente es una persona muy sensible; empezó a temblar, se bloqueó, y dejó el trabajo.
Ya ves. Una persona le dijo “muy bien”, y otra “muy mal”; y el resultado fue exactamente el contrario. Además, todo el mundo no tenía su problema ni su necesidad de adaptación.
Aquella última coordinadora también puedo ser yo.
Hace treinta años, hace tres meses, o ahora mismo.
Qué frágil es nuestro juicio humano cuando no comprendemos los demás, porque está muy condicionado por nuestra experiencia y nuestra biografía.
Cuando tenemos oculta nuestra debilidad ante nosotros mismos, cómo vamos a reconocerlas en los demás. Y no porque sea mala persona, sino porque no lo ve y piensa que obra bien.
Está tan ligados razón y emoción, que cada juicio es en realidad una confesión biográfica.
A eso se le llama rigidez, porque las defensas son una de las aspectos más rígidos del ser humano.
Cuando se escucha hablar a alguien de otra persona que se supera, siempre hay enfado al hablar, desprecio, y nunca hacemos sentir bien a la persona que recibe ese trato: ¡cómo va a aliviar la defensa de una persona la herida de otra!.
Esta vista que nunca paramos de afinar. Es inevitable el hecho de equivocarse.
El problema es que suele conllevar esa «mala» elección un daño; nos dañarnos o dañamos a los demás, como transmitió Rogeli Armengol.
Equivocarse, como dijo nuestro admirado Sócrates, es fruto de la ignorancia.
Duele mucho equivocarse en nuestro mayor tesoro, nuestro amor propio, porque, en el fondo no nos gusta hacer lo que no queremos recibir.


