Hubo una paciente que me enseñó una gran lección.
Era una persona de una bondad extraordinaria, había iniciado una relación afectiva que llegó a consolidarse hasta el punto de convivir con su pareja. Sin embargo, con el tiempo decidió poner fin a la relación.
La separación fue muy difícil, tal es así, que llegado el momento de repartir las pertenencias, su ex-pareja se negaba a devolverle sus muebles. Hablamos de la necesidad de reclamarlos con apoyo legal.
Finalmente consiguió que le devolvieran sus cosas. Pero en la consulta siguiente llegó llorando; resulta que había un armario muy bueno que no había aparecido. Aprovechando una ausencia momentánea, cuando llegó al sitio su expareja había afirmado que era suyo y la mudanza no se lo llevó.
Comentamos la posibilidad de volver a reclamarlo, estaba en su derecho. Se quedó meditándolo.
Sin embargo, en la visita posterior vino mucho más tranquila.
– ¿Qué tal ha ido? – le pregunté.
– A los pocos días me dijeron que iba comentando por ahí que se había quedado con un mueble mío muy chulo.
Hizo una pausa y añadió:
– Pero tuve la intuición de que si le exigía hasta el último objeto, no me iba a dejar en paz. Creo que siente que ha perdido más con la separación que yo. Conozco su historia, y sé por qué. Necesita sentir que se queda con algo mío que no tiene, así que he decidido dejarlo correr y comprarme otro armario.
La escuché en silencio.
– Al final -continuó- hay algo que me importa más que ese armario: la paz. Prefiero que piense que ha ganado algo y que pueda pasar página, así la puedo pasar también yo.
Aquella respuesta me impresionó.
No tuve más que aprender del arte de la medida del alma, algo solo alcanzable a la personas sensibles de corazón.


