El escenario de Trump parece exterior, pero su lucha también reside en su tablero interior, como en todo ser humano.
Todo es posible porque en su país y en su época era congruente que pasara.
Puede resultar útil bucear en su historia familiar para conocerle mejor.
El abuelo de Donald Trump, Friedrich Trump, nació en 1869 en Alemania y emigró a Estados Unidos siendo adolescente, con 16 años.

Empezó trabajando como barbero, y pronto mostró iniciativa empresarial abriendo restaurantes y alojamientos en la fiebre del oro.
Más tarde se estableció en Nueva York, donde continuó en el negocio de la vivienda, que su hijo desarrollaría después. Murió en 1918 durante la pandemia de gripe española, cuando su hijo Fred tenía 12 años.
Fred Trump creció marcado por esa pérdida temprana.

Desarrolló una trayectoria en el sector inmobiliario en Brooklyn y Queens; fue descrito como extremadamente trabajador y exigente, con una mentalidad orientada a la eficiencia y el rendimiento económico. Tuvo controversia por prácticas discriminatorias en el alquiler de viviendas con afroamericanos.
Su influencia en Donald se asocia a la transmisión de una ética de dureza, éxito y rechazo de la vulnerabilidad, lo que acarreó una falta de empatía.
Su primogénito, Fred Trump Jr., siguió un camino distinto al asignado por su padre. Su vocación era la aviación, lo que generó un gran rechazo paterno. Con el tiempo desarrolló problemas graves de alcoholismo y murió a los 42 años por las complicaciones.
Tuvo dos hijos: Fred Trump III y Mary L. Trump.
Fred Trump III tuvo un hijo, William, nacido con una mutación genética rara que provocó una discapacidad neurológica severa y una gran dependencia médica.

En los años 90, tras la muerte del patriarca Fred Trump, se produjo una disputa por la herencia en la que Fred III y Mary denunciaron haber sido excluidos del reparto, y se retiró la cobertura médica que financiaba los tratamientos de William.
Mary L. Trump, psicóloga, acabó distanciándose y escribió Too Much and Never Enough (Siempre demasiado y nunca suficiente), una crítica centrada en la estructura emocional de la familia Trump y, en particular, en la figura de Donald.

En su relato describe un entorno marcado por la frialdad emocional y la exigencia constante de rendimiento. Fred Trump aparece como una figura dominante, que tendía a clasificar a sus hijos en ganadores y perdedores.
El primogénito, Fred Trump Jr., que se atrevió a ser distinto, fue considerado el “perdedor”.
Describe a la madre, Mary Anne MacLeod Trump, emigrante escocesa, como una mujer físicamente limitada durante los años clave de crianza, dominada por su marido, sin capacidad de ejercer un papel protector efectivo frente a ese ambiente.
De joven, Donald Trump es descrito en distintas biografías como un niño impulsivo, competitivo y con tendencia a desafiar la autoridad.
A los 13 años, su padre lo envió a la New York Military Academy, un entorno estructurado y jerárquico donde la disciplina y la competitividad canalizó esos rasgos y destacó en liderazgo y deporte.
Posteriormente desarrolló una trayectoria empresarial y mediática ampliamente conocida. Ha sorpasado la ley en distintos asuntos y ha sobrevivido a un atentado.
Su abuelo paterno, su madre y su actual esposa emigraron desde Europa en su día buscando mejores oportunidades.
Para analizar cualquier biografía, incluida la propia, es fundamental no juzgar si se quiere sostener una postura humanista. Incluso al hablar de alguien que puede amenazar la paz.
Su padre -Fred Trump-, acusó la pérdida temprana de su propio padre; una herida profunda que favoreció, en una época machista, su figura impositiva hacia sus hijos, como si fuera doble padre, responsable de decidir sus vocaciones y destinos.
Un amor condicionado a los resultados.
Cuando su hijo primogénito no respondió a ese modelo, no pudo aceptar la pérdida y ejerció la gran dureza que albergaba.
En cambio, Donald quedó investido como el “elegido” y también cargó con la sombra del amor condicionado.
Reprimió su inicial rechazo y sus debilidades con una coraza que tanto le distancia de su verdadera humanidad.
Necesita que la realidad confirme constantemente esa supuesta superioridad, por eso se sostiene constantemente en la humillación respecto a los demás.
Una estructura muy frágil, no tolera ser uno más, porque no puede renunciar a su supuesta superioridad con la que sostiene su herida.
Perder supondría un sentimiento de vergüenza o de humillación tan dolorosos, que reacciona de manera inmediata y furibunda ante cualquier límite, crítica o amenaza.
Este equilibrio se pierde con sus actos, que amenazan su superioridad:
las acusaciones de su pasado; los inmigrantes que buscan en su país una atención desinteresada que a él se le negó; los actos agresivos en su país…
Ante esas amenazas huye con la fuerza que le da su arsenal nuclear, buscando la humillación de los países rivales -siempre que no tengan armas nucleares y no estén de tú a tú-.
Pero en escenarios como el de Irán, donde ha visto que no es controlable ni tan fácil, aparece cada vez en su horizonte la sombra del límite: la resistencia iraní, la crisis económica, el rechazo de su país y mundial…su propia equivocación.
Todo es perder, la palabra proscrita en su vida.
Ante ello, recurre a amenazas de destrucción total, equivalentes a la vivencia interna de pérdida que tendría.
Esa fantasía destructiva funciona como herramienta de presión para forzar acuerdos y manipular.
Sabe que alcanzar la paz es la mayor victoria, siempre que él permanezca en el centro de la decisión, y no ponga en riesgo esa identidad construida en torno a ser único.
Ojalá todos se contengan y puedan sentir que ganan con la paz.


