La física cuántica quizá sea uno de los hallazgos más extraordinarios que ha hecho el ser humano, un territorio tan asombroso como científicamente comprobado.
Lo fascinante es que revela que, en el fondo último de la materia, en esa escala subatómica, no existe un estado completamente definido.
Como si todas las posibilidades que el sistema tiene permitidas coexistieran superpuestas y solo se concretara una si se interactúa, al medirlo u observarlo.
En el mundo sabemos que la realidad es una, por eso parece como una pre-realidad.
Es un mundo minúsculo y sensible…si un coche fuera tan diminuto, si intentáramos verlo con un solo fotón de luz, lanzaríamos el auto hasta el otro extremo de la calle, y no podríamos saber nunca dónde estaba en realidad.
El fondo de lo real no está hecho de cosas sólidas en el sentido clásico, sino de energía, campos, vibración.
Por eso la física cuántica fascina tanto, porque parece pertenecer al algo más parecido al espíritu que a la materia.
Y ya no digamos si consideramos el entrelazamiento cuántico, quizá el fenómeno más desconcertante de todos: partículas que, tras haber interactuado, conservan correlaciones tan profundas que lo que ocurre en una afecta instantáneamente a la otra, como si fueran espejos, incluso al otro lado del universo.
Esto significa que además de las cosas separadas, ¡hay una unión primordial y unos vínculos tan profundos que no dependen del espacio!, algo que no vemos en la materia a gran escala.
El día que se descubra el mecanismo exacto se inaugurará un credo.
Otra vez aparece una unión universal, que no se da ni en nuestro mundo de seres humanos tan divididos e incomprendidos.
Tal es el esplendor al que estamos llegando lo objetivo, al contrario del descuerdo que hay en lo subjetivo, que aparece una tentación frecuente, que es intentar convertir la física cuántica en religión.
Parece que poseamos una espiritualidad ya en la materia: ya no es necesario el espíritu.
El culmen es cuando se infiere que, al igual que en la cuántica, «el yo crea por sí solo toda la realidad».
Es una tentación comprensible, pero también una distorsión. Que el observador participe no significa que el individuo sea omnipotente. Que nuestra intervención sea imprescindible no significa que seamos el centro absoluto de la realidad.
La idea de que todo depende de uno mismo o de una misma puede parecer empoderadora, pero también encierra una forma sofisticada de narcisismo: creer que no hay más voluntad que la propia.
Como no somos totalidad ni origen, ahí está el quid de la cuestión: somos parte, imprescindible, pero parte.
Participamos en la realidad sin determinarla del todo.
En el fondo, la materia es materia, y el espíritu, espíritu.
Es decir, si existe el espíritu es que ha creado la materia; y da pistas la cuántica: si existe una unión primordial de la materia, imagínate de las personas.
Toda espiritualidad sana no nace de la unilateralidad, ni de un ser humano solo -que manda por imposición- ni de un ser divino solo -que ejerce una sumisión-.
Sino que nace del diálogo de al menos dos seres, que se relacionan desde la humildad y la dignidad compartidas.


