No es casualidad que miles de personas eligieran el mismo momento para cruzar el mar, colapsando Ceuta.
Después llegó el regreso de la gran mayoría, con las manos vacías después de haber arriesgado la vida.
Otros ni siquiera pudieron contarlo.
No se sabe con total certeza qué papel tuvo el poder en aquella situación, espero que se aclare.
Pero lo que sí sabemos que los que se lanzaron al mar dispuesto a arriesgar su propia vida, deseaban muchas cosas que hay en Europa.
Como no lo podemos ni imaginar, esta parte a veces se niega.
África tiene una enorme deuda externa, pero Europa también tiene una deuda histórica con ella: se la repartió, trazó fronteras a escuadra y cartabón y dejó heridas que todavía perduran.
El respeto a las fronteras es imprescindible; ninguna sociedad puede renunciar a ellas.
Hacerlas respetar, que nadie deambule por las calles sin rumbo, es una acción de los gobiernos.
Pero tendría que ser paralelo con ayudar en su origen a los países, así igual no quieren venir tantos.
Pues hay una pregunta que siempre estará como una fuerza que aprovecha las grietas: ¿por qué tantas personas están dispuestas a jugarse la vida para cruzarlas?
Mientras esa causa permanezca intacta, el sufrimiento seguirá llamando a nuestra puerta.


