Fue en una visita a una persona que había desarrollado la convicción de que existía un complot contra él.
Con el tiempo, esa vivencia iba remitiendo, pero el paciente en las sesiones aún permanecía a la defensiva, muy rígido, sufriendo por la vulnerabilidad que había sentido.
En la entrevista siempre se reafirmaba en una salud mental absoluta “estoy perfectamente bien”, un ideal imposible, pero en ese momento necesario para sentirse a salvo.
Tuve maestros muy hábiles en ese tipo de entrevistas, pero sin duda el psiquiatra Joan Vegué fue quien más me enseñó.
Así, escuchaba con respeto y “tomaba nota” -como decía Jacques Lacan-. Mis intervenciones iban en la línea de poder reconocer algunas dificultades como naturales, sin que se sintiera perseguido, y fuera más tolerante y flexible sin necesidad de defenderse tanto; “por lo que me cuenta, no debe de ser fácil no agobiarse…”.
Pero aquella vez había una lección esperándome.
En un momento dado, le pregunté:
“¿Y qué ha aprendido de lo que le pasó?”
El paciente se mostró visiblemente incómodo, y respondió:
“Aprender, yo no tenía nada que aprender; en todo caso, saqué conclusiones”.
Desde entonces vuelvo a utilizar esa frase cuando alguien está preocupado por la persecución, y es mejor recibida; en el fondo quien más se persigue es a sí mismo, porque no se permite la debilidad.
Aprender implica no saberlo todo, y en esos momentos le resultaba imperdonable no ser omnipotente.
Sacar conclusiones, en cambio, suele hablar más de las dificultades del otro que de uno mismo.
Y, sin embargo, cuánto aprendí en aquella visita.


