La bestia del Apocalipsis puede ofrecernos una imagen para comprender determinadas relaciones humanas, porque no solo representa simbólicamente el poder que pretende dominar, sino también lo que sucede cuando terminamos interiorizando su lógica.
Todo lo que introyectamos que no es amor, nos daña.
Si hablamos de «superiores» ya es una patología mundana, porque Jesús habló de servidores, de dar la vida.
Pero el mundo no es así, hay mandatarios que deciden sobre el destino del mundo, y el mundo demostramos nuestra ineptitud. También con el hambre, por cierto.
La bestia no es la voluntad de Dios, sino su sustituto mundano, un sucedáneo de mala calidad, no lo olvidemos.
La marca de la bestia, trasladada a una lectura psicológica de las relaciones de poder, podría aparecer cuando dejamos de obedecer únicamente por necesidad externa y empezamos a utilizar contra nosotros mismos los criterios de quien nos domina.
Ocurre en la infancia mucho porque al padre y a la madre se les ve como dioses.
El superior exige perfección y comenzamos a castigarnos por cualquier error. Una figura autoritaria desprecia la vulnerabilidad y terminamos avergonzándonos de nuestras emociones, se nos trata como si nunca fuéramos suficientes y acabamos mirándonos con sus mismos ojos.
Y si es un grupo penaliza el desacuerdo y confundimos la lealtad con el silencio.
La dominación más profunda no consiste en que alguien te obligue a hacer algo, sino en que llegues a interiorizar su mirada, hacerla tuya y convertirte en el vigilante cruel de ti mismo.
Esta lectura guarda relación con determinadas reflexiones de Jung y con los análisis de Michel Foucault sobre el poder y la disciplina, sobre cómo las relaciones de poder pueden penetrar en nuestra manera de comportarnos y de entendernos.
1. La bestia del otro: prudencia o sumisión
Podemos aproximarnos a esta cuestión desde una manera humanista y otra inhumana.
La prudencia, nos permite conocer las reacciones de la persona con la que tratamos y actuar estratégicamente.
Tener psicología es comocer los límites propios ajenos.
Tener en cuenta los limites personales de un superior puede hacernos la vida mejor.
Pero si el miedo al enfado de alguien termina organizando nuestra conducta y llega a pasar el límite de nuestra dignidad, introyectamos la bestia y acabamos siendo peligrosos para nosotros. Muchas enfermedades físicas, depresiones o autolesiones vienen de tragar demasiadas humillaciones y no poder más con el mundo.
Esta pregunta puede orientarnos: ¿Cuándo dejamos de preguntarnos si aquello que nos exige es justo y empezamos a preguntarnos únicamente cómo evitar que se enfade alguien?
En ese momento, el problema ya no es solo la bestia externa, es que nos la estamos comiendo, y hemos empezado a organizar nuestra conciencia alrededor de ella. Cuando alguien ocupa una posición superior y nuestra situación depende, en parte, de su evaluación, sus decisiones o su apoyo, la relación deja de ser completamente simétrica. Si esa persona reacciona con facilidad mediante el enfado, podemos empezar a anticipar sus respuestas.
«Esto mejor no se lo digo hoy». «Voy a presentárselo de una manera que no le moleste». «Es preferible que no se entere del problema hasta que tenga una solución». «Voy a aguantar un poco más, porque necesito que esta relación funcione».
La voluntad de dominar aparece cuando controlar, imponer o ser obedecido se convierte en el principio que organiza las relaciones. «Mi voluntad está por encima de la tuya».
Someternos a nadie nunca, solo al amor; y si Dios es amor, someternos a su voluntad no os deshumaniza, sino al revés, nos convierte en amor.
Por eso, conviene distinguir dos actitudes.
La prudencia estratégica consiste en saber cuándo hablar, cómo presentar un desacuerdo y qué circunstancias favorecen una conversación productiva.
La sumisión sin paliativos consiste en adaptar sistemáticamente nuestra conducta al miedo a la reacción de otra persona.
La primera es una habilidad social, la segunda es un problema.
Si tenemos un superior que reacciona mal ante las críticas, puede ser inteligente presentar los hechos, explicar las consecuencias y proponer alternativas, en lugar de entrar directamente en una confrontación.
Eso es prudencia.
Pero si empezamos a ocultar errores, aceptar responsabilidades que no nos corresponden o renunciar sistemáticamente a expresar desacuerdos por temor a su enfado, la prudencia se ha convertido en autocensura.
No enfadar a la bestia puede ser una táctica puntual; convertirlo en el principio rector de una relación o que nos anule la dignidad es una patología.
2. Una paradoja: podemos alimentar la bestia intentando evitarla
Imaginemos una relación laboral con un superior que se enfada cuando alguien le lleva la contraria.
Al principio, una persona decide no discutir porque necesita conservar su trabajo, y es una decisión comprensible. Después empieza a evitar determinados temas, más adelante deja de comunicar algunos problemas y, finalmente, todo el equipo adapta su comportamiento para evitar que el superior se enfade.
Se produce una dinámica dictatorial que puede consolidarse progresivamente.
El grupo empieza a autocensurarse antes de que ocurra nada.
Desde la psicología del aprendizaje podemos comprender parte de este proceso mediante el refuerzo. Si el enfado consigue sistemáticamente que los demás cedan, esa conducta puede consolidarse, lo que refuerza su tendencia a evitar el conflicto.
La bestia crece cuando el miedo se convierte en la ley que organiza la convivencia. Y esto no ocurre solamente en el trabajo, puede suceder en las parejas, las familias, las instituciones y los grupos sociales.
3. Cómo actuar sin someternos ni convertirnos en aquello que rechazamos
Si necesitamos preservar una relación, podemos desarrollar una estrategia que no confunda la inteligencia social con la renuncia a nuestra dignidad.
Observar antes de interpretar.
Elegir el momento sin renunciar al contenido.
Hablar de hechos, consecuencias y propuestas.
Mantener límites y una salida.
Si la dinámica se repite, conviene documentar los acuerdos, conservar las comunicaciones relevantes y valorar qué apoyos o alternativas tenemos.
No tenemos que confrontar directamente a nadie para demostrar firmeza, sino acudir a anunciar nuestro problema a tiempo a los protectores sociales y legales.
4. El miedo a la bestia: distinguir la amenaza de nuestra anticipación
A veces una persona se comporta de manera vengativa pero legal, pero eso no significa que o tenemos derecho ni concederle un poder psicológico ilimitado sobre nosotros. Es simplemente una cruz, su cruz.
Suele ser terapéutico.
Lo que no es sano es que se pase con nuestros derechos, porque entonces la cruz es defender nuestros derechos, y aunque no ganemos, ya se guardara de no repetir los hechos y lo hará mejor probablemente con la siguiente persona.
Ser justos con nosotros también puede hace mas justos a los demás.
5. Reconocer nuestra propia bestia
Esta reflexión también tiene una dimensión interior.
La bestia no está solamente en quien nos domina, también puede aparecer en nosotros cuando necesitamos ser queridos y valorados por quien no nos quiere.
Conozco a personas con carencias afecticas que se sometieron a empresas como si fueran sus padres, no tuvieron vacaciones, y acabaron vacíos y decepcionados.
Cuando hay necesidad de reconocimiento, esa necesidad de amor borra nuestros límites y no los podemos hacer respetar.
6. La verdadera libertad frente a la bestia
Quizá la cuestión más importante no sea cómo conseguir que la bestia no se enfade, sino cómo evitar que su enfado determine nuestra conciencia.
Podemos ser prudentes sin ser sumisos, firmes sin ser agresivos y respetuosos sin renunciar a nuestros límites. Podemos reconocer la autoridad de alguien sin concederle autoridad sobre nuestra dignidad.
Y podemos comprender las dificultades de quien ejerce el poder sin justificar sus comportamientos.
«La mayor victoria de la bestia sería lograr que termináramos tratándonos a nosotros mismos con la misma dureza con la que ella nos trata».
La madurez no consiste en no despertar nunca a la bestia, ni en aprender a vivir eternamente a su servicio.
En todo poder actúa algo la bestia, porque no somos perfectos. La sabiduría consiste en reconocer qué la despierta, comprender qué intenta proteger y decidir cómo responder sin perder nuestra libertad ni dignidad jamás.
«La mayor victoria de la bestia sería lograr que termináramos tratándonos a nosotros mismos con la misma dureza con la que ella nos trata». Ahí está el puente entre el Apocalipsis, la psicología del poder y la dignidad humana.


