Llamo aquí Dios a la primera persona de la Trinidad, a quien Jesús se refiere como padre.
Jesús dijo que esta persona que era mayor que él y es el único absolutamente bueno (Juan 14,28; Marcos 10,18; Lucas 18,19).
Alucino con la humildad de Jesucristo.
Y es que, si entendemos que Jesús es la palabra, la primera persona es quien origina la palabra: el pensamiento.
El origen de la palabra.
O dicho de otra manera, la idea previa, la intención, el concepto, el origen del que nace la expresión que es la palabra.
Jesús puede descender, hacerse humano y resucitar; el Espíritu Santo puede ser enviado y habitar en nuestros corazones tras Pentecostés o soplar desde fuera (Juan 3,8).
Pero la primera persona no puede descender, ni ser enviado, porque es la fuente, el origen, quien permanece, por eso solo puede darse.
Jesús exprese con claridad que «ni él mismo habla por su propia cuenta, sino que comunica lo que ha aprendido» (Juan 8,28); «no hace nada por sí mismo, sino aquello que ve hacer a quien le envía» (Juan 5,19); «la enseñanza que transmite no es suya, sino de quien le ha enviado» (Juan 7,16 y Juan 12,49-50).
Si la primera persona es de quien surge la idea de crear al ser humano, es también quien más soporta el dolor de sus propias decisiones y el de sus criaturas.
Cada sufrimiento humano, incluso aquel que permite, le duele a Dios en lo más profundo, porque es quien más ama y quien sostiene la existencia de todos.
He experimentado en mis propias carnes y en mi alma que, cuando sufre un hijo, no hay dolor comparable para un padre, igual que supongo para una madre.
En esto no importa lo que uno sepa o pueda hacer, es algo que va mucho más allá de la razón. Un hijo o una hija han nacido de una decisión, son nuestra descendencia, y el amor que nos une transciende todo entendimiento. No duele el alma, la traspasa.
Si un hijo nace con un problema que ni siquiera conocías ni has podido evitar, da igual, se sufre en las entrañas.
Y no digamos cuando hay decisiones que pueden haber contribuido a su sufrimiento, aunque no lo supieras porque te faltaran la experiencia o el conocimiento; cuando simplemente no has podido evitarlo, o cuando el mundo le hace daño y no has conseguido protegerlo.
Es una responsabilidad que se siente incluso cuando no había nada que razonablemente pudieras haber hecho de otra manera. No es una cuestión de lógica ni de culpabilidad real. es el amor haciéndose cargo de un sufrimiento que no puede dejar de sentir como propio.
Ocurre también en una sociedad o en una empresa. Quien es un buen líder asume la responsabilidad, se echa la culpa y protege a los demás. Sin embargo, muchas veces quienes ejercen el poder hacen lo contrario: se desprenden de lo peor, especialmente de la culpa, y la trasladan a quienes están abajo, que a veces son precisamente quienes más sufren porque en esas dinámicas son quienes más sostienen.
La primera persona, por tanto, quien más sostiene.
Esa experiencia me acercó a Dios, que es la vida, y a comprender que todos somos parte de ella por su don. Desde entonces valoro todavía más a la primera persona y me hace confiar más.
Si Dios sufre como si somos sus hijas e hijos con lo que sufrimos y, además, soporta ese peso de la responsabilidad, es quien más sufre. ¡Cuánto aguanta Dios!
Pero son dolores de parto: no es el final, es el principio de la gran vida, dolores que se superarán por la mayor alegría posible, como enseñó Jesús.
Debe ser el único camino posible hacia nuestra plenitud, para que podamos gozar de su gloria, que será la máxima, si no, nos lo hubiera permitido a Dios, que sabe lo que se hace.
Pues todo el Evangelio es buena noticia, una buenísima noticia.
Y esa gloria lo curará todo, lo restaurará todo, y cuanto mayor haya sido el dolor y más profunda la injusticia, mayor será también la restauración y la alegría. Quienes más han sufrido en el mundo, los últimos y las últimas, serán los primeros (Mateo 20,16; Lucas 13,30).
Todo sucederá al revés de lo que establece el poder del mundo.
El gozo será eterno, y la primera persona quedará en la base de todo, como siempre lo ha estado, pero ya no desde el sufrimiento, sino que lo habrá dado todo, y estoy seguro de que fliparemos con la realidad, porque lo sufrió todo con sus hijas e hijos, e incluso más.
Si Jesús, que no tuvo pecado, reconocía de que la absoluta bondad era de quien es mayor que él, qué increíble va a ser la sorpresa cuando le veamos de cara a cara.


