En una ocasión, hablando con un gran amigo, le comenté que tenía que tratar con una persona un asunto importante y que debía proceder con cuidado, a lo cual me respondió: «Siempre es bueno no enfadar a la bestia».
Me hizo pensar, porque «la bestia» es un término del Apocalipsis que siempre me ha llamado la atención; un capítulo bíblico que intento leer desde la esperanza que esconde y no desde su interpretación literal, que parece una película de ciencia ficción o de terror.
Creo que aquella respuesta de mi amigo encierra mucha más profundidad psicológica de lo que parece, porque para mantener una relación que necesitamos que funcione, no solo tenemos que aprender a gestionar la «bestia» del prójimo, sino también la nuestra.
1. La bestia: una metáfora de aquello que puede desbordarnos
La bestia puede ser una buena metáfora de esa parte de nosotros que aparece cuando desde dentro reaccionamos sin control ni reflexión cuando alguien nos humilla.
O al contrario, cuando algo nos aplasta y no reaccionamos.
Es decir, a veces, la bestia se expresa mediante nuestros propios excesos; otras, mediante la sumisión al poder de los demás.
Sea como fuere, siempre hay dolor y daño.
Si miramos la vida de Jesús, solo en dos ocasiones, ante situaciones que le contrariaban profundamente, volcó unas mesas y secó una higuera, pero jamás fue contra ninguna persona. La bestia del mundo lo silenció y lo mató, alguien más pero «la bestia» más grande, la del Amor, que le resucitó.
A lo largo de mi vida he ido reconociendo en mí ambas formas.
Un proceso que ha consistido en desmontar rigideces ideológicas, identificaciones y sentimientos de pertenencia a determinados grupos humanos; porque toda rigidez, cuando nos impide comprender al prójimo, tiene algo de bestia.
También en dominar necesidades que había mantenido demasiado tiempo reprimidas, o pasiones que salieron como huida sin el control adecuado.
También la he reconocido cuando me sometía a alguien, o tenía temor a la autoridad.
2. Una lectura psicoanalítica: el ello, el superyó y el yo.
El ello: la bestia del impulso y del placer
En el modelo freudiano, el ello representa nuestras pulsiones, deseos y necesidades de satisfacción inmediata, esa parte que quiere las cosas inmediatamente, que tiene dificultades para aceptar un límite o soportar que algo no suceda como deseamos.
El ello aislado, si cuando concentra toda la energía que le corresponde al amor, es una bestia insaciable.
Es la bestia del impulso: «Lo que quiero es mío, y lo quiero ahora». «Eres de mi posesión, puedo hacer contigo lo que quiera».
Puede manifestarse en la agresividad, la venganza, los celos, el deseo de posesión.
También podemos reconocerlo en nuestra propia sexualidad. Existen pulsiones parciales, como las orales, o las relacionadas con el poder o la sumisión, que pueden formar parte, de manera consentida y placentera, de los prolegómenos sexuales.
El deseo por sí mismo no solo es bueno, sino uno de los mayores placeres de la existencia, lo que más puede unir a dos personas y conduce a nada menos que a la vida.
El problema aparece cuando la sexualidad -que lo tiene todo y es también una fuente de poder- se convierte en una vía de escape de nuestra realidad, porque tiene la capacidad de diluir nuestros propios límites.
Entonces, el placer, que se alimenta de la carne, necesita más y más suministro de dopamina que llega a cegar al yo, y el impulso puede terminar apoderándose de nosotros y dejarnos sin empatía.
Cuando el impulso se impone sin reconocer la libertad del otro, nunca encuentra un límite por sí mismo -la ley-, y nunca se sacia.
Necesita algo que lo contenga, para ceñirse al respeto, y eso lo puede hacer el yo y el superyó.
El superyó: la bestia del juicio, la condena y la exclusión.
La instancia que debería contribuir a regularnos puede convertirse en una fuente de crueldad.
«No puedes equivocarte», «Tienes que estar a la altura», «Esto es inadmisible», «No has hecho suficiente».
El superyó puede ser implacable, no necesita gritar, basta con que convierta cada error en una condena moral, exigirmos ser perfectos o sentimos una culpa desproporcionada por haber cometido un error.
De las cosas más difíciles de gestionar sea nuestra conciencia que se vuelve contra nosotros mismos.
«Tienes que hacerlo bien. No puedes fallar. No puedes decepcionarme».
Porque la bestia puede expresarse tanto mediante la agresividad hacia fuera como mediante esa misma agresividad vuelta contra uno mismo.
Lo interesante es que ambos extremos pueden acabar produciendo una rigidez parecida.
El superyó sano debe estar al servicio del amor propio y ajeno, y ser capaz de impelernos al bien siempre y modular el resto de instancias. Que la luz nos guste, que la conciencia esté en paz.
El yo, el gran mediador.
El yo, entendido en el modelo freudiano como mediador entre las exigencias internas y la realidad, su función es reconocer el impulso, tolerar la tensión y encontrar una respuesta viable.
La madurez psicológica no consiste en no sentir agresividad, deseo o exigencia, sino en no estar obligado a obedecerlos inmediatamente, en que sea al final el yo el que manda.
El yo ve a los demás es donde operan el superyó y el ello. El yo no puede dejar que uno anule a otro.
Si el superyó reprime a todo el ello, soy una persona reprimida y obsesiva y me hago daño.
Si el ello anule al superyó aparecen las perversiones psicopáticas y hago daño.
La perfección, que nunca alcanzamos, está que el yo integre a un ello y a un superyó activos pero domados por el amor, en una relación de respeto a los demás, y a uno mismo.
¿Qué pasa cuando el yo se identifica con una creencia deshumanizada?
Cuando el yo se fanatiza ideológicamente o tiene poder, según nuestro estado interior puede dejar salir al peor ello y al peor superyó. De ahí nacen las mayores barbaridades de la historia de la humanidad. Sin embargo, en dificultades narcisistas ocurre al contrario, algo que se ve mucho en el poder o la política-.
Se utiliza al otro para el placer o para proyectar el superyó, es decir se machaca al prójimo y se le culpa de nuestros errores.
Si el yo está necesitado de poder, o identificado con cualquier ideología no humanista, es un alimento para la bestia.
4. ¿Y qué sucede cuando la bestia es nuestra?
Es relativamente fácil reconocer la bestia en un jefe autoritario, una persona agresiva o alguien que nos exige demasiado. Resulta más difícil reconocerla cuando adopta una forma socialmente aceptada o incluso virtuosa.
Por ejemplo:
* La bestia de la justicia: «No voy a parar hasta que reconozcan que tengo razón».
* La bestia de la responsabilidad: «Si no lo hago yo, todo saldrá mal».
* La bestia de la excelencia: «Esto no puede entregarse así».
* La bestia de la sinceridad: «Yo digo las cosas como son, y si se ofenden, es su problema».
* La bestia de la bondad: «Después de todo lo que he hecho por ti, ¿así me lo agradeces?».
En todos estos casos existe un valor legítimo: justicia, responsabilidad, excelencia, sinceridad o generosidad.
El problema aparece cuando ese valor se vuelve absoluto y deja de admitir límites, contexto o consideración por el otro.
Podríamos decir que la bestia suele apropiarse de algo que en principio es legítimo y lo convierte en una exigencia innegociable.
La responsabilidad se transforma en control; la sinceridad, en crueldad; la justicia, en venganza; la excelencia, en perfeccionismo; la bondad, en una deuda que los demás deben pagar.
Esta es una manera útil de observarnos, no preguntarnos solamente si lo que defendemos es correcto, sino también qué estamos haciendo con ello.
La bestia del Apocalipsis
La conexión es bastante sugerente, hablando del ello, el superyó, la agresividad y el poder.
La bestia del Apocalipsis puede leerse, desde una perspectiva psicológica y simbólica, como una representación del poder destructivo que aparece cuando determinados impulsos o decisiones dejan de estar limitados al reconocimiento del otro, y sirven al poder del ego en este mundo, y tanto a nivel individual como el interés, poder y manipulación de los poderosos.
1. La bestia del Apocalipsis: el poder que exige sometimiento
En el Apocalipsis de Juan, especialmente en los capítulos 13 y 17, aparecen unas bestias asociadas al poder, la adoración, el engaño y la persecución. La bestia que emerge del mar recibe autoridad y suscita la adhesión de los habitantes de la tierra; otra figura, la bestia de la tierra, contribuye a legitimar su poder.
En su contexto histórico, estas imágenes suelen interpretarse en relación con el poder imperial, la idolatría y las estructuras políticas y religiosas que exigen una lealtad absoluta.
Pero, si trasladamos la imagen al terreno psicológico, aparece una pregunta fascinante:
¿Qué ocurre cuando un poder deja de ser un medio para organizar la vida y se convierte en algo ante lo que todos tienen que someterse?
Piensa en una organización donde una persona es incapaz de tolerar que la contradigan. Poco a poco, los demás aprenden a anticipar su enfado, a callar los problemas y a adaptar su comportamiento a sus deseos.
La persona ya no necesita imponer su voluntad en cada ocasión. El grupo ha interiorizado la amenaza.
La bestia, en este sentido simbólico, ya no necesita rugir continuamente. Basta con que todos sepan de lo que es capaz.
Y es la bestia de las dictaduras, como la bestia del interés comercial. Un ejemplo, internet actúa como bestia con la infancia y adolescencia por el daño que produce, pero los intereses económicos actúan como bestia porque los políticos lo saben y no pueden con ellos. Tendría que estar igual de penado que una criatura fume pro la calle con los padres que estén en un carrito mirando el móvil.
Parecido ocurre con la vivienda con la pobreza o con las guerras del mundo. .
2. La bestia como símbolo psicológico: cuando el poder nos posee
Una lectura desde la psicología profunda, cercana a algunos planteamientos de Carl Gustav Jung, nos permite explorar una segunda dimensión.
Jung utilizó el concepto de sombra para referirse, de manera general, a aspectos de nosotros mismos que no reconocemos, no aceptamos o mantenemos fuera de nuestra imagen consciente.
La sombra no contiene exclusivamente maldad, sino deseos, capacidades, emociones y aspectos legítimos que hemos aprendido a reprimir. Sin embargo, cuando determinados aspectos quedan fuera de nuestro reconocimiento, pueden manifestarse de formas que no comprendemos bien.
La bestia podría representar simbólicamente esa energía que no hemos integrado y que, en ciertas circunstancias, termina dominándonos.
La bestia del pacer, del juicio y del poder son categorías clínicas ni significados oficiales del Apocalipsis. Son una manera de desarrollar tu intuición inicial.
Y hay una diferencia importante entre ellas: una persona puede tener impulsos agresivos sin ser autoritaria; puede ser muy exigente sin querer dominar a nadie; y puede ejercer poder sin convertirse en alguien destructivo.
El problema surge cuando esas fuerzas se vuelven rígidas, no se reconocen y dejan de estar sujetas a reflexión y responsabilidad.
4. La marca de la bestia: una lectura psicológica especialmente sugerente
Hay otro elemento del Apocalipsis que permite profundizar en esta interpretación: la marca de la bestia, descrita en el capítulo 13, vinculada a la posibilidad de comprar y vender.
En el texto, esta marca tiene un significado religioso y político dentro de una visión apocalíptica. Su interpretación concreta ha sido objeto de numerosos debates.
Sin pretender sustituir ese contexto histórico, podemos hacer una lectura psicológica contemporánea.
5. ¿Y cuál sería el contrario de la bestia?
El contrario de la bestia no es una persona dócil, obediente o incapaz de defenderse.
Es la asertividad, la protección y capacidad de establecer límites con firmeza, sin odio…
…y la misericordia, que necesita mucha fuerza.
Respeto a la exigencia, que pueda convertirse en responsabilidad sin desembocar en perfeccionismo; basta el amor de hacer la cosas cada vez mejor y la humildad de aceptar la imperfección.
Y al placer, vivirlo a tope respetando nuestros límites humanos y los de las demás personas, sin dañar.
Por eso, el verdadero contraste no sería entre una bestia mala y una buena, sino entre dos formas de relacionarnos con nuestra propia fuerza:
* La fuerza no integrada: necesito imponerme, destruir lo que me frustra o castigar lo que considero imperfecto.
* La fuerza integrada: puedo desear, enfadarme, exigir y defenderme sin perder la capacidad de pensar, reconocer al otro y asumir las consecuencias de mis actos.
En términos junguianos, esto se acercaría más a integrar la sombra que a eliminarla. En términos psicoanalíticos, se relacionaría con la capacidad de tolerar conflictos internos sin descargarlos automáticamente sobre los demás o sobre uno mismo.
La finalidad no es domesticar toda energía vital, es evitar que esa energía se convierta en nuestro amo.
El «amo» es el amor, la única fuerza que humaniza y lo unifica todo.
6. La pregunta que conecta todo esto
Una pregunta puede ser especialmente fértil.
Cuando pensamos en la bestia del Apocalipsis, ¿es más un símbolo de la parte oscura que todos llevamos dentro -el ello, la agresividad, el deseo de dominar- o como símbolo de un poder exterior que termina metiéndose dentro de nosotros y haciendo que nos vigilemos, nos exijamos y nos sometamos a nosotros mismos?
Porque según esa segunda lectura la bestia exterior acaba convirtiéndose en una bestia interior. Y ahí se encuentran, de una manera muy sugerente, el Apocalipsis, el superyó y la psicología de las relaciones de poder.
Porque a bestia del Apocalipsis ¿es interior o es el poder del mundo que nunca se sacia y acabará destruyéndonos? Yo diría que ambas cosas, pero nacen de una misma realidad. Porque los poderes de este mundo son humanos en estructuras humanas.
La bestia del Apocalipsis tiene una dimensión interior, el ego humano cuando pierde sus límites y nunca se sacia, y otra colectiva, cuando ese mismo ego se pudo convertir en poder, dominio, ambición y esas estructuras someten al ser humano.
La bestia no está solamente fuera, en el poder del mundo, ni solamente dentro de nosotros, es el ego humano convertido en poder, que, al no reconocer límites, puede acabar devorando aquello que pretende dominar: la propia humanidad.
El Apocalipsis destapa el velo de que esa bestia será vencida por el Amor.


