Hay dos cuestiones que no podemos menoscabar: la realidad de cómo está el paciente y su dignidad humana.
Debemos interpretar su historia y su personalidad partiendo de la realidad que tenemos delante, intentando comprenderla en lugar de juzgar a la persona.
Lo que no comprendemos o aceptamos, tendemos a juzgarlo, y así difícilmente podemos ser terapéuticos.
A partir de lo que hay, se trata de aliviar el sufrimiento, comprender y ayudar a desarrollar lo mejor de esa persona, incluso mediante límites sanos si se rquieren.
Nadie pierde su dignidad por su conducta ni por su capacidad para responder a lo que esperamos de ella.


