La inmigración es uno de los temas más sensibles del mundo actual.
Que una persona se meta en una patera jugándose la vida, resulta imposible de empatizar para quienes nos bañamos plácidamente en la playa.
Empezaré por compartir mi experiencia y luego, mi opinión.
Mi experiencia
Observo que, en España, cuando veo a una abuelita en una silla de ruedas acompañada por una chica, ésta suele ser inmigrante.
También lo son la mayoría de las personas que nos traen los pedidos de Amazon o Glovo, trabajan en obras con el asfalto humeante de nuestras ciudades en pleno verano, mantienen abiertas tantas tiendas que nos sacan de apuros o trabajan en el campo.
Muchos inmigrantes desempeñan trabajos de servicio y tareas que pocos españoles están dispuestos a realizar.
En mi consulta he atendido a muchas personas inmigrantes que me han contado sus historias.
Algunas han cuidado a personas muy amables; otras, a personas de carácter difícil que las han humillado o se han desahogado con ellas durante la última etapa de sus vidas. Conocí un caso en el que una persona mayor fue víctima de un robo cometido por alguien inmigrante.
Muchos ayudan económicamente a sus familiares en sus países de origen. Algunos me han contado que cuando regresaron de visita, hubo familiares que no comprendieron sus limitaciones y les exigieron mayor ayuda económica de la que podían ofrecer.
Una reflexión
Hay una cuestión compleja en torno al límite de lo que podemos dar. Yo puedo darlo todo, pero si mi hija o mi hijo dependen de mí, si queda un solo trozo de pan se lo debo dar a mi familia, porque es mi responsabilidad.
La solidaridad tiene ese límite dentro de parámetros humanistas. Hay un límite en la capacidad de acogida en la inmigración. Pero otra cosa es lo que pasa, que nuestra insolidaridad en el mundo es abismal.
Mi opinión
En nuestra sociedad existe una corriente que ve a los inmigrantes como una amenaza, les atribuye la mayor parte de la delincuencia y aboga por expulsar al mayor número posible.
(Por cierto, miles de españoles migraron en la postguerra).

Me parece que las personas necesitadas ponen a prueba la personalidad de quienes las reciben.
Algunas despiertan empatía, pero en muchas generan temor que pidan ayudas, a que nos desplacen, a perder la posición de privilegio. Nuestra respuesta también depende de nuestra historia personal y nuestra condición afectiva -las defensas ante la debilidad, la necesidad propia de protección-, y de nuestro corazón.
La dichosa polarización social parece centrarse más en los posibles abusos de quienes menos tienen, que en los de quienes más tienen, cuando paradójicamente son quienes ostentan más poder.
«Los últimos contra los penúltimos«, una especie de lucha de clases pero al revés.
La polarización esconde una mentira y además es una forma de odio, pero es la tendencia progresiva de la especie humana, donde va a ir ganado sin remedio el egoísmo.
Y por muchos avances tecnológicos que logremos, sin solidaridad el mundo no puede acabar bien a la larga, por mucho que se empeñen grandes poderes políticos.
En un mundo de integración y humanidad, sería exactamente al revés: convivencia, concordia y confianza mutua.
Propongo un experimento mental: si pudiéramos saber la verdad -que existe-, ¿quién ha abusado más, los españoles de los inmigrantes o los inmigrantes de los españoles?
Me refiero cuando ha habido abusos y en tema de sueldos, condiciones laborales, o en el trato.
La respuesta está en el aire, como diría Bob Dylan.
Pero tambien hay mucho buebo de nuestra sociedad: también he sido testigo de todo el bien que se hecho en sanidad cada vez que se ha tratado a las personas sin mirar el color de piel – a veces no, pero tantas veces sí-.
Que la sanidad sea universal es sagrado y lo más precioso de nuestra profesión.
Lo ideal sería, como siempre, compartir lo mejor que tenemos todos.
Política e historia
Creo que los países europeos y los más favorecidos deberían impulsar, en el marco de la ONU, un plan de cooperación e inversión con los países en vías de desarrollo.
Con respeto a su voluntad y garantías.
Además de ser una cuestión de justicia, debemos recordar que Europa colonizó y saqueó numerosos territorios y que, en algunos casos, hasta trazó fronteras con regla y cartabón, sin siquiera molestarse en respetar las realidad de sus habitantes.
No podemos ignorar la historia cuando hablamos de las desigualdades actuales, sino es por solidaridad, al menos por algo de justicia.
Por supuesto, quien venga a delinquir o a vivir a costa de los demás sin responsabilizarse debe responder por sus actos, y los países tienen derecho a regular la entrada.
Pero regularizar sin ofrecer ayuda en sus países, me parece no solo una respuesta egoísta, sino también una injusticia humanitaria e histórica.
La educación y la amabilidad
Quisiera añadir algo que también forma parte de mi experiencia. Las personas más educadas y gentiles que he conocido han sido inmigrantes.
Recuerdo a una mujer colombiana que nos servía el desayuno en el hospital de Xàtiva con una alegría contagiosa. Cada vez que alguien le pedía algo, respondía:
«Con mucho gusto».
¡Qué bien nos hacía sentir! De ella aprendí a responder de la misma manera cuando alguien me pedía algo en mi vida profesional.
Si tantas personas inmigrantes nos atienden, nos cuidan y contribuyen a nuestra vida cotidiana, quizá lo primero que deberíamos decirles es: gracias.
Y quienes enarbolamos una cruz haríamos bien en recordar que, en el Evangelio, los aparentemente últimos son los primeros.


