En la Unitat de Crisi, uno de mis maestros, el psiquiatra Joan Vegué, insistía siempre en una pregunta: «¿Qué es lo que le pasa realmente al paciente?».
El médico psicoterapeuta, como le gusta definirse al psiquiatra José Luis Marín, ha irrumpido en las redes sociales con una fuerza que nunca había visto, profundizando aún más en esa mirada: «¿A usted qué le ha pasado en la vida?».
Marín cuestiona radicalmente la psiquiatría convencional, que tantas veces obvia las causas y se limita a etiquetar y recetar pastillas.
Se llama ansiedad al miedo y depresión a un estado en el que la persona ya no puede afrontar la vida con sus recursos.
«La depresión no está en tu cerebro, está en tu vida»; «importa más la persona del psicoterapeuta que la técnica en sí», recalca certeramente Marín.
Como señaló Newton, si algo se mueve, hay una fuerza que lo causa; en salud mental también.
Eso defiende Marín, ir a las causas, no jugar con las consecuencias y hacerlas el objeto de estudio, en vez de la persona que las sufre. El diagnóstico «Trastorno de ansiedad generalizada», es el máximo ejemplo.
En la terapia ambulatoria, las personas que consultan por ansiedad o depresión suelen acudir porque no pueden más, y hay razones para ello que hay que alumbrar en su pasado, el presente es solo el momento en que la persona se rompe.
Porque hemos sufrido por sus primeros vínculos afectivos, por la manera de ser que hemos construido y por acontecimientos desencadenantes a la luz de lo anterior que han acabado agotando nuestras fuerzas.
En la Unitat de Crisi había una idea esencial: la crisis no es solo un peligro, también es una oportunidad.
Hay que aliviar los síntomas, por supuesto, pero también comprender qué nos ha sucedido para llegar hasta ahí, revisar nuestras relaciones, aliviar las heridas, ajustar nuestros límites y aprender a querernos de forma sana.
Por eso, la mirada de José Luis Marín es tan necesaria y nos interpela en una época en que lo aparentemente objetivo -que no es así- deja fuera la parte esencial de la realidad: la personal.
Precisamente por eso el mundo va como va, y podemos decir, a grandes rasgos, que está enfermo, porque lo objetivo va como un tiro -nunca mejor dicho-, y en consecuencia la empatía se va enfriando.
El mundo subjetivo
Si en física todavía desconocemos la naturaleza de buena parte de la materia y la energía del universo, imaginemos la complejidad del mundo subjetivo del ser humano.
Pero los seres humanos, esta parte podemos negarla y simplificarla, y así sentirnos seguros, con el modelo psiquiátrico o el político son dos grandes paradigmas.
Si un paciente no funciona, es por algo que le pasa al paciente: que no responde, que no colabora, y nos salimos de puntillas de la ecuación, y se va deteriorando.
Pero la angustia de lo que no se sabe, si es mucho, no se soporta.
Una operación cardíaca puede requerir un tiempo determinado, pero una visita psiquiátrica puede reducirse a cinco minutos si solo se pregunta por los síntomas, y la eficacia y los efectos secundarios de la medicación.
La complejidad humana no desaparece porque acortemos el tiempo de consulta, lo que ocurre es que la psiquiatría integrativa, y esas visitas no son de diez minutos, y hay que plantearse lo personal, algo que también nos incumbe a nosotros.
Porque la psiquiatría también es una interacción entre paciente y quien le observa. Ahí radica una de las diferencias entre psiquiatras: en la mirada subjetiva del terapeuta.
¿Y por qué lo sé? Porque a mí me ha pasado
Durante la residencia me formé desde una perspectiva biologicista de la mano de mi querido maestro Julio Vallejo. Al principio no era consciente de ello, pero, a medida que avanzaba la residencia, me di cuenta de que algo faltaba. Necesité, sin embargo, aquella seguridad para formarme y orientarme antes de poder cuestionarla y ampliarla.
Nada más terminar, llegué a la Unitat de Crisi, dirigida por Joan Vegué, un clínico excepcional procedente de la escuela lacaniana francesa. Allí empecé a deconstruir rigideces, a comprender y a integrar.
Conocí a mi mejor maestra, Lola Pasarín, y a su marido, el excepcional humanista Roger Armengol. Eran eclécticos, poskleinianos, admiradores de Winnicott y de la corriente intersubjetiva de Heinz Kohut, pero, sobre todo, eran librepensadores y antidogmáticos.
También había profesionales de orientación sistémica y cognitivo-conductual. No tuve entonces la suerte de conocer a terapeutas gestálticos, aunque sí los conocí cuando volví a Valencia.
No cabría en un libro todo lo que aprendí de mi maestra. Ella me recomendó a mi psicoterapeuta, Joan Creixell, con quien, durante cinco años, solo discrepé en una frase. Me ayudó a tomar conciencia de mis sentimientos de una manera excepcionalmente respetuosa, fue todo un arte humano por su parte. No tengo palabras para expresar mi agradecimiento.
Inicié mi terapia no por esnobismo o por conocerme mejor, sino porque llegué a mis propios límites y experimenté síntomas. Gracias a la terapia, lo sané y adquirí oídos para escuchar el sufrimiento ajeno.
¿Cómo iba a reconocer antes en las demás personas lo que no era capaz de ver en mi propia vida?
Por eso, cada terapeuta tiene su propia biografía. Sus defensas determinan, en parte, la graduación de las gafas con las que verá al paciente. No me juzgo antes, ¿Quién soy yo para juzgar al prójimo?. No conozco a nadie que conociendo algo mejor en salud mental, no lo haga.
La complejidad del sufrimiento
En la mente, como en la física cuántica, «todo puede ocurrir». De manera simplificada:
Hay casos en los que la depresión está en tu vida, no en tu cerebro, sino en las circunstancias que te ha tocado vivir.
En otros, la cosa se complica, está en tu vida y en tu cerebro.
Y hay casos de origen genético en los que primero está en tu cerebro y después en tu vida, porque estaba en la vida de tus progenitores.
Existen, además, sufrimientos de origen genético y ambiental que pueden acabar dando lugar a trastornos mentales.
Distinguir ambos componentes no siempre es fácil, porque quienes nos transmiten los genes también nos educan.
En algunos casos, estos trastornos requieren medicación durante largos periodos, incluso de por vida, y su interrupción puede provocar una recaída, pues es necesario para compensar el mecanismo neurobiológico.
Pero aún estos casos. siempre hay que humanizarlo todo, hasta el diagnóstico. Recuerdo que un entrañable paciente con su diagnóstico me preguntó: «¿El grado de lo que me pasa puede bajar?».
Sí; al fin y al cabo, nuestros centros se llaman centros de salud mental, no de enfermedad mental.
Incluso en los casos graves hay que conectar aún más con el sufrimiento humano y con la esperanza que pueda conservar la persona.
Comprender cómo siente, ayudarla a disminuir su sufrimiento emocional y reconocer su valor puede también prevenir recaídas.
En mi experiencia compruebo que la complejidad del ser humano es inacabable y siempre personal.
Por ejemplo, recuerdo algunas personas en los que intenté de primeras no centrarme en diagnóstico, ya fuera psiquiátrico o por somatización, para acercarme más a la persona, y el resultado fue negativo, porque se entendían más a través de una condición especial que le explicaba su comportamiento.
Siempre, siempre, cualquier terapia es un arte, de integración y los que tenemos que adaptarnos a la estructura y capacidad de quien atendemos somos nosotros.
Existe solo una rigidez intocable: el bien de quien atendemos, su alivio, su mejor pronóstico.
Ni técnicas, ni escuelas, ni dogmas.
De hecho, las personas que van mejorando pueden ayudar a otras y sentirse así llenas de salud y de capacidad para contribuir al bienestar ajeno.
Un ejemplo extraordinario es Grégoire Ahongbonon, que fundó la Asociación Saint Camille de Lellis, en África; un mecánico de ruedas de coches, pionero en la ayuda de quienes han sufrido y se han recuperado, que ha demostrado una sensibilidad hacia la salud mental como nadie. Ahora es reconocido mundialmente. Ojalá se extendiera su inspiración, sería fantástico.
Porque la igualdad en dignidad humana es fundamental para combatir la estigmatización de quienes sufren problemas de salud mental.
Un camino que continúa
La salud mental, al menos la mía, sigue evolucionando. Es un camino que consiste en desarrollar al máximo mi yo, sustituir el juicio condenatorio de mi superyó -empezando por mí mismo- por el de comprensión, y aprender a gestionar mi ello para crecer en libertad y respeto.
Ser uno más para intentar comprender a la persona más difícil -que es un mismo-, para que nadie pueda escapar de mi capacidad de comprensión.
En eso sigo trabajando.
José Luis Marín ha sabido expresar como nadie una parte crucial de la realidad que era imprescindible sacar a la luz.


