Este es un tema muy sensible, en el que el respeto a la persona puede quedar oculto tras las ideologías y las diferencias en cada país y en cada época son innegables.
Existe una manera humanista de abordarlo: la primacía de la persona, en la que es la ideología la que debe adaptarse al bien de cada ser humano concreto, cuya dignidad es sagrada.
No deberíamos hacer políticas que interfieran en la identidad sexual o de género, sino desarrollar solo políticas de respeto y desarrollo humano.
Recuerdo especialmente a un paciente que me miró a la cara y me dijo: «A usted le ponen las mujeres; pues a mí, los hombres. Es algo que se siente más que se decide».
Veamos dos posturas extremas que, desde posiciones opuestas, pueden acabar relegando a la persona.
1. La negación de las diferencias
Somos hombres y mujeres, varones y hembras, y existen realidades biológicas que no podemos ignorar, pero existen variaciones no solo biológicas, sino emocionales, personales, que no quiero nombrar pues son muchas y cada persona es única, irrepetible e igual en derechos humanos.
La postura de que cualquier variación constitutiva una patología peligrosa para la persona o para la sociedad es una posición enfermiza que no se basa al respeto de la persona.
En esta visión extrema, cualquier desviación de lo considerado normal puede recibir la condena psicológica o religiosa y, en regímenes fanáticos, incluso la condena legal o la pena de muerte.
Sin ir más lejos, en España la homosexualidad estuvo perseguida legalmente durante décadas y dejó de estar contemplada como conducta peligrosa en la Ley de Peligrosidad y Rehabilitación Social en 1979.
Pensemos, por ejemplo, en hombres o mujeres que se casaron, tuvieron descendencia y, años después, conocieron o reconocieron su homosexualidad, se separaron y formaron parejas con otros personas de su orientación. ¿Es eso insano? ¿O puede ser el resultado de un proceso de autoconocimiento que no pudieron vivir antes con libertad?
2. La incitación a elegir
En el extremo opuesto, preocupa que se transmita a edades tempranas la idea de que el género no responde a ninguna realidad natural y que cada persona debe elegir el suyo.
Además, se alecciona sin atender suficientemente a su maduración y a su experiencia individual.
En una reunión de profesionales de centros de salud mental, una trabajadora social y una psicóloga nos contaron que habían realizado un cuestionario general y anónimo en un colegio, en el que, según explicaron, un 65 % del alumnado manifestaba serias dudas sobre su identidad sexual. Su conclusión fue: «Algo estamos haciendo mal».
Debemos preguntarnos qué mensajes estamos transmitiendo, cómo los reciben las personas menores y si, más que respeto, es una presión ideológica.
En este contexto también aparecen declaraciones públicas de personas que dicen haber elegido ser un árbol o no tener edad.
Estos ejemplos -desde el respeto más absoluto a las personas- pueden alimentar la confusión y se utilizan como caricatura, pero no deberían utilizarse para quienes sufren por su identidad -por cierto, en ocasiones no me extraña que no se identifiquen con la especie humana-.
La identidad y el sufrimiento humano
La identidad sexual y de género ocupa un lugar muy importante y delicado en la vida psíquica. He conocido, en mi experiencia profesional, a muchas personas que vivían esta cuestión con un sufrimiento profundo.
Una de las experiencias que más me impactó fue la de una persona que interpretaba que la gente por la calle le insinuaba que tenía una tendencia sexual con la que no se identificaba. Aquello parecía responder a una proyección que le generaba un gran malestar. Cuando la vivencia de uno mismo entra en conflicto con lo que la persona siente o reconoce como propio, el sufrimiento puede ser enorme.
También he conocido a personas con disforia de género que, ante el rechazo familiar, llegaron a intentar quitarse la vida.
Encima de lo duro que es, solo basta que cualquiera les rechace como personas en vez de ayudarles.
Hay personas que viven su identidad sexual o de género con un sufrimiento intenso por el rechazo social y la incomprensión familiar. Necesitan aceptación, afecto y acompañamiento, no condena ni imposiciones.
Esto no significa que debamos renunciar a la prudencia o a la valoración profesional. Cuando existe malestar clínicamente significativo, dudas persistentes o decisiones que pueden tener consecuencias importantes, es necesario valorar cada caso de manera individualizada, atendiendo a la edad, la maduración, la estabilidad de la vivencia y las circunstancias personales.
Los profesionales de la psicología y la psiquiatría deben acompañar este proceso con rigor, sin prejuicios y procurando no causar daño. La evaluación no debería convertirse ni en una negación automática de la experiencia de la persona ni en una confirmación precipitada de cualquier interpretación.
En el ser humano pueden darse realidades muy diversas. Por eso, necesitamos humildad para reconocer que no siempre comprendemos lo que le ocurre a otra persona ni podemos reducir su experiencia a una explicación ideológica.
La primacía de la persona
No podemos permitir que una ideología niegue a alguien el derecho a ser quien es, ni que otra lo empuje a definirse antes de estar preparado para comprender lo que siente de manera estable.
La respuesta no está en la negación ni en la incitación, sino en el respeto, la escucha y el acompañamiento.
No se trata de imponer una identidad ni de negar la que alguien vive, sino de ofrecer las condiciones para que cada persona pueda conocerse y desarrollarse con libertad, sin miedo, presiones ni condenas.
No interferir en el proceso personal, respetar a cada ser humano y acompañarlo con afecto sin imponerle respuestas.
Esa debería ser la prioridad.


