Jesús jamás dañó a una persona.
Su discurso era radical, pero de amor.
Los únicos episodios en los que se desbordó fue con objetos, cuando volcó las mesas de los cambistas del templo y secó una higuera.
Para Jesús, la integridad de la persona era sagrada.
No justificó nunca la violencia, ni siquiera cuando fueron a detenerlo, y uno de sus discípulos cortó la oreja de uno de los que venían a prenderle; Jesús lo reprendió y curó al herido.
Mas bien Jesús, si alguna profesión no pudo evitar, fue la de médico, pues curaba sin cesar.
Dijo en una ocasión:
«Al que te abofetee en la mejilla derecha, preséntale también la otra»
Y llevó la «no violencia» a la perfección:
no basta con no matar físicamente -como dictaba el decálogo- tampoco hay que «matar» al otro en el corazón.
Es decir, no desear su desaparición, ni pensar que no tiene nada bueno.
«Todo el que se enoja con su hermano será reo de juicio»
Jesús no solo rechazó la violencia de fuera, sino también la del corazón
Donde reside la comprensión o el odio.


