Jesús era Dios y amor, y no tenía pecado, pero curiosamente también tuvo momentos de contradicción, de rigidez, de resistencia, de duda…
Precisamente porque fue humano, y asumió nuestra naturaleza.
El primer signo de Jesús fue en las bodas de Caná, cuando su madre le hace notar que se ha acabado el vino, Jesús parece resistirse:
«Mujer, ¿qué nos va a ti y a mí?»
Es María quien, sin entrar en discusión con él, dice a los sirvientes:
«Haced lo que él os diga».
y Jesús termina convirtiendo el agua en vino, y además del bueno.
También encontramos un momento revelador en su encuentro con una mujer cananea. Ella le suplica que cure a su hija, pero inicialmente Jesús parece limitar su misión:
«No he sido enviado sino a las ovejas perdidas de la casa de Israel».
Incluso utiliza una expresión que nos resulta dura:
«No está bien tomar el pan de los hijos y echárselo a los perritos».
Pero aquella mujer insiste. Y Jesús reconoce finalmente su fe:
«Mujer, grande es tu fe; que te suceda como quieres».
Algo parecido ocurre en Getsemaní, cuando Jesús sabía que había venido a entregar su vida, pero cuando llega la hora no desea la muerte.
«Padre mío, si es posible, que pase de mí este cáliz».
Y añade en ese momento que su deseo era vivir:
«Pero no sea como yo quiero, sino como quieres tú».
Como ser humano, Jesús amó la vida.
Y, sin embargo, aceptó con tal de no ser él violento.
Jesús no perdió la vida porque la detestara: lo mataron.
Él mismo lo expresa con una claridad extraordinaria:
«Nadie me la quita, yo la doy voluntariamente».
Su entrega no nace del desprecio de la vida, sino del amor.
No fue una humanidad anulada por su divinidad.
En cada una de esas contradicciones, Jesús siguió siendo amor, porque asumió nuestra naturaleza humana, frágil y dual, y puso su vida al servicio del bien de la humanidad y de la voluntad de Dios.
Por eso sus momentos de resistencia no disminuyen la grandeza de su amor.
La hacen real.
Porque si Jesús hubiera vivido su humanidad sin ninguna tensión, sin ningún temor, sin ninguna resistencia, ¿nos hubieramos creído que era humano?
¡Qué menos!
Jesús sintió plenamente la contradicción que vivimos a diario, pero no permitió que tuviera la última palabra.
Y si la palabra divina hecha hombre sufrió contradicción, cómo no va a comprendernos Jesús a nosotros…
…que en cada pecado -del cual no participó- no solo decimos, sino hacemos con los demás lo que no toleraríamos que nos hicieran.


